FRANCISCO GARCÍA
Cuéllar es uno de esos porteros sobrios, con oficio, de los que resuelven la papeleta sin florituras ni concesiones a la plástica fotográfica. No se le puede situar en el catálogo de los arqueros que cantan; pero su trayectoria reciente es un cántico al mal fario: a este pobre chaval sí que le ha guiñado el ojo un tuerto o se le ha cruzado un brujo de peor calaña que el que patrocina los males de Cristiano Ronaldo. Todos los porteros comparten el mismo sueño: una noche de gloria que dibujan en la imaginación hasta pulir los detalles que convierten lo excepcional en memorable. Todos aguardan un partido encarnizado y en circunstancias adversas, en un campo embarrado ante delanteros como tanques que llegan al horizonte de su vista resoplando como locomotoras desbocadas. Cuéllar, con la rodilla destrozada, se conforma hoy con soñar un regreso de articulaciones de titanio, flexibles e imperecederas.