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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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GUILLERMO RENDUELES Hablando con unos alumnos de los jesuitas descubro que no conocen la historia de Ellacuría y sus compañeros. Para otro adolescente que el profesor Neira o el joven sanitario madrileño defiendan a víctimas indefensas constituye una rareza. Que la heroicidad de estas personas no conmueva a esos jóvenes y que acepten la insolidaridad-cobardía como natural despierta en mí viejas alarmas morales.
Hace medio siglo el horror ante un crimen que mostró esta insolidaridad frene al mal impresionó tanto a Darley y Latane -dos psicólogos sociales que conocían ya por Milgran la facilidad humana para obedecer órdenes perversas- como para dedicar sus carreras a estudiar lo que llamaron «Difusión de la responsabilidad».
El suceso que cambió los intereses científicos de ambos fue el asesinato de Kitty Genovese, una camarera neoyorquina de 38 años que regresaba a Queens tras su trabajo y fue asaltada por un psicópata que le clavó sin mediar palabra un estilete en la espalda. La mujer pidió socorro de forma inconfundible -«socorro, me han clavado un cuchillo»- y se encendieron las luces de varios apartamentos huyendo el agresor. Éste, al comprobar que nadie bajaba, se cambió la media que cubría su rostro por un sombrero tirolés y volvió para acuchillar de nuevo a la mujer: nuevos gritos tras los que volvieron a encenderse las luces y la huida, logrando Genovese llegar al portal más cercano. Allí, unos minutos más tarde, su agresor la violó y remató. El crimen necesitó 35 minutos entre los tres ataques y hubo 38 testigos que oyeron los gritos . De ellos sólo uno llamó a la Policía y ninguno bajó a ayudar a la víctima.
Obviamente, el «caso Genovese» despertó un tremendo interés en la academia psicosociológica que disparató cuanto quiso para psicologizar la cobardía del vecindario: los espectadores se bloquearon por el shock afectivo, la disociación inhibió las respuestas de ayuda, la televisión tuvo la culpa por desrealizar la violencia. Darley y Latane investigaron intentando reproducir situaciones similares: un actor fingía un ataque epiléptico en un parque rodeado de gente y en seis minutos nadie le ayudaba. Empezaba a salir humo de la tubería de un bar y todo el mundo disimulaba y huía. La desalentadora conclusión sobre el comportamiento colectivo fue que si alguien no tomaba la iniciativa en el primer minuto del suceso, el agregado de personas que «pasan por allí» difumina su responsabilidad y sigue sus rutinas.
La forja de ese consentimiento con el mal parece ocurrir ya en la escuela. Un reciente estudio de la profesora granadina María Jesús Gaurcel sobre las actitudes de los preadolescentes ante las agresiones en la escuela que los cursis llaman «bullying» arroja unos resultados aterradores. Mas del 80 por ciento de los preadolescentes estudiados ven el maltrato «algo normal, que siempre ha ocurrido y siempre ocurrirá». Perciben a la víctima como pasiva, incompetente o neurótica y al agresor como una figura fuerte, valiente y extrovertida. Auguran al agresor éxito social y etiquetan a la víctima de perdedor.
Algo hay de verdad en ese augurio del triunfo del malvado que inicia su trepa en la escuela y se enriquece a posteriori en la jungla de los negocios ante la pasividad cómplice del grupo. A mediados del siglo pasado, Agustín García Calvo sintetizó en verso esa identidad entre la mirada del «capacobardes que al salir de la clase escupe en la oreja al tonto de la clase» y la del «ejecutivo que sabe de la vida». Lo nuevo es quizá la ausencia de vergüenza o culpa del «malote» que ostenta y filma sus hazañas para exhibirlas en la red y obtener con ellas favores sexuales de sus compañeras de clase.
Me consta que ya se preparan programas psicoeducativos para cambiar esas actitudes que serán tan eficaces como las campañas municipales para cambiar los consumos de tóxicos de los jóvenes gijoneses. Los experimentos de Darley descalifican esa pedagogía: sólo la interiorización del discurso del héroe -el que hace siempre lo que debe- constituye un horizonte que puede convertir en noticia la deserción en la defensa de las víctimas. El relato moral es lo único que facilita un diálogo interior que obliga a enfrentarse al mal, generando autodesprecio y vergüenza si se atiende la conducta racional de desentenderse para no acabar en el hospital. Colectivizar ese relato, saber que las vidas buenas van a pervivir en la memoria colectiva con veneración y las malas con vergüenza es el segundo momento que permite mantener motivaciones sacrificales con que invertir el horror de la indiferencia con el agresor.
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