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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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J. M. CEINOS
«Con toda clase de reservas, y sin imprimir al acto los caracteres fastuosos que presiden las fiestas organizadas por los reverendos padres de la Compañía de Jesús, se colocó ayer la primera piedra de la iglesia que quieren construir en la calle Jovellanos (...) A la ceremonia religiosa no asistió el clero de la villa, cuya ausencia está perfectamente explicada, ya que el dignísimo arcipreste del concejo apeló al Tribunal de la Rota, para que no prospere "la enormidad que se pretende"».
Con este suelto resumió el diario gijonés «El Noroeste», el sábado, 8 de noviembre de 1913, la información relativa a la colocación de la primera piedra, el día anterior, de la que hoy se conoce como basílica del Sagrado Corazón de Jesús (la Iglesiona).
La llegada de la Compañía de Jesús a Gijón, a finales del siglo XIX, prosperó con la construcción de un colegio en la cuesta de Ceares (el actual), y prosiguió con la intención de levantar una residencia con un gran templo anejo en unos terrenos que habían sido donados a la orden contrarreformista fundada por Ignacio de Loyola en 1540, situados entre las calles de Jovellanos, del Instituto y la actual de Begoña.
Pero si el proyecto arquitectónico de la Iglesiona fue hijo de su tiempo, en plena vigencia del Modernismo o «arte nuevo», la presencia de los jesuitas en la villa también lo fue de la convulsa sociedad española que agotaba, en 1913, el acuerdo sobre la alternancia pactada en el gobierno por los dos grandes partidos estatales, el Conservador y el Liberal, que pasó a la historia con el nombre de Restauración.
La llegada de la Compañía de Jesús a Gijón no fue bien vista por la sociedad progresista local, cuyo periódico puntero, «El Noroeste», era republicano y anticlerical. Y cuando los jesuitas anunciaron su intención de levantar una iglesia en el centro de Gijón, el clero tradicional se levantó casi en armas, asustado ante la posibilidad de que la Compañía lo convirtiera en parroquia rival de la de San Pedro Apóstol.
Pero los jesuitas, siempre «A la mayor gloria de Dios», siguieron adelante. Y sus enemigos igual. El 17 de febrero de 1916 «El Noroeste» publicó un extenso artículo cuyo titular no dejaba dudas: «La invasión jesuítica». Y su autor, que firmaba como «El diablo cojuelo», escribió en el sumario: «Hay que aprestarse a la defensa».
Empezaba el formidable ataque a los jesuitas así: «Con frente a dos de las principales calles de la villa y a espaldas de una iglesia (la Iglesiona), cuya edificación constituye un atentado para los intereses del clero secular y un agravio para este pueblo demócrata y liberal, por excelencia, acaba de ser puesta en condiciones de habitabilidad una casa de consistentes y elevados muros, cuyos estrechos ventanales, protegidos por gruesas barras de hierro (...) hacen creer en la existencia de una fortaleza o más bien en la de un establecimiento penitenciario (...) El nuevo y severo edificio ya está ocupado por sus loyolescos moradores».
«Y mientras tanto», proseguía «El diablo cojuelo», en «los suburbios de la población y hacinados en inhabitables covachas, yacen los seres queridos de la familia obrera, atormentados por el hambre, zaheridos por la miseria, apesadumbrados por el dolor y ateridos de frío por falta de ropas con que cubrir sus anémicos cuerpos».
El artículo proseguía: «Tiempo es ya de que todos los hombres liberales de Gijón despierten del letárgico sueño en que se hallan sumidos y se dispongan a romper lanzas en favor de la libertad y del progreso que vienen siendo objeto del más cruel vilipendio por parte de los religiosos ignacianos».
Como remate: «Y para terminar, por hoy, hemos de consignar un detalle que constituye la característica de la pobreza de los jesuitas, y es que éstos han cerrado compromiso con un artista local para el decorado del nuevo templo. Estas obras de ornamentación fueron ajustadas en veinte mil duros».
El templo del Sagrado Corazón de Jesús, con su gran imagen coronando la edificación (el Santón), fue por fin consagrado el 30 de mayo de 1924 por el entonces Nuncio de Su Santidad en España, monseñor Federico Tedeschini. Y pronto, desde el torreón del colegio de la Inmaculada, mediante reflectores, todas las noches se iluminaba la colosal estatua de mármol de Carrara.
El jesuita Victoriano Rivas Andrés, en su libro «Un colegio que salto a la historia», publicado en 1966, recoge un escrito de entonces, en el que se observaba que «la imagen se hacía de nieve cuando la iluminaban desde el torreón del colegio con potentes reflectores».
Pero «un joven escolar, el P. Otero», escribió Rivas, «se detuvo mucho en una noche destemplada en la faena, y una bronconeumonía le llevó al sepulcro». El padre Otero, como Victoriano Rivas Andrés, tiene su última morada en el mausoleo de la Compañía de Jesús del cementerio de El Suco (Ceares), cuya construcción fue costeada por la madre del jesuita que falleció de frío. La Iglesiona y la residencia de los jesuitas pasó a la Archidiócesis de Oviedo en 1998.
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