CUCA ALONSO
Y Gijón se volcó en su inauguración; no cabía ni una persona más en las dilatadas dimensiones del templo. Las pinturas de las bóvedas de la basílica no llevan la firma de Miguel Ángel, pero son muy hermosas y sobre todo, los ojos del eventual admirador han de elevarse en una proporción muy parecida a la que requiere la capilla vaticana.
Fue como un maravilloso redescubrimiento, tantas veces como habíamos estado allí, en el seno de la iglesia del Sagrado Corazón, y de pronto tropezábamos con su apabullante belleza. La luz solar apantallaba las espléndidas vidrieras y otra luz, la de la flamante iluminación interior, hacía resaltar todos y cada uno de los elementos ornamentales de la basílica. «Responde fielmente al estilo jesuítico», comentó a mi lado Jesús Menéndez Peláez, presidente del Foro Jovellanos. «San Ignacio pensaba que a través de la belleza, de la magnificencia, el espíritu del hombre llega mejor a Dios». Los más de medio centenar de sacerdotes fueron ocupando sus lugares; en los primeros bancos, en el altar, en los laterales... Allí estaba el sacerdote más viejo de la diócesis, don José Manuel del Valle; el que fuera párroco de Caldones apenas se tenía en pie. Preciosos centros de flores rojas adornaban el presbiterio. En él presidía el obispo auxiliar de Asturias, Raúl Berzosa, acompañado de Atilano Rodríguez, obispo de Ciudad Rodrigo y primer rector de la basílica, y el actual mandatario, Julián Herrojo. El oficiante, despojado de su mitra, dijo: «La paz esté con vosotros», y la respuesta de los fieles, «y con tu espíritu», fue sobrecogedora, como emitida por un millón de voces. Liturgia del domingo 34.º del tiempo ordinario, festividad de Cristo Rey. Lectura del profeta Daniel, y salmo responsorial, «Dios reina, la tierra goza, aleluya». Segunda lectura del Libro del Apocalipsis, pronunciada por Ignacio Alvargonzález, presidente de la Junta Mayor de Hermandades Penitenciales de Gijón. Evangelio de San Juan; Pilatos le pregunta a Jesús, «¿Eres tú el Rey de los judíos?», «Mi reino no es de este mundo», dijo el que poco después iba a ser ajusticiado.
Las palabras de Raúl Berzosa al iniciar su homilía fueron, en primer lugar, de salutación para Julián Herrojo y los sacerdotes de la basílica. Para Javier Gómez Cuesta, titular de San Pedro, parroquia a cuya jurisdicción se acoge la basílica. De agradecimiento al Gobierno del Principado, al Ayuntamiento de Gijón y a Caja Madrid por sus ayudas; a la feligresía gijonesa cuyas aportaciones alcanzaron una suma superior al conjunto aportado por las instituciones; a don Gabino Díaz Merchán y a don Carlos Osoro, por comprar el templo a los jesuitas y poner en marcha su restauración, respectivamente. Una vez centrado en la liturgia, nuestro obispo auxiliar manifestó que más importantes que los templos de piedra son los vivos, los de los cristianos que llevan en su corazón el amor a Cristo. «Celebramos la fiesta de Cristo Rey, Él es quien da sentido y plenitud a nuestra existencia», dijo y repitió unas palabras dichas en el funeral de Sabino Fernández Campo, atribuidas a éste: «He servido con entrega y lealtad a la Corona, pero sólo me he arrodillado ante el Rey Jesucristo».
En conjunto, fue una celebración extraordinaria, hermosa de principio a fin, ilustrada por el coro inglés «Tenebrae», que interpretó la «Missa ego flos campi», de Juan Gutiérrez de Padilla, autor del siglo XVII. Al final, Julián Herrojo pronunció unas palabras en las que hizo una breve historia de las obras, y manifestó todos los agradecimientos, de modo especial a Rafael Spotorno, presidente de Caja Madrid, entidad que ha financiado la recuperación de las pinturas, que «enriquecen el patrimonio artístico español». Todos nos despedimos cantando «Cristus vincit».