MARÍA JOSÉ CAPELLÍN
Directora de la Escuela de Trabajo Social de Gijón
C. JIMÉNEZ
«Parece que he nacido siendo directora de la Escuela de Trabajo Social. A veces digo que he tenido dos hijos y una escuela», afirma entre risas María José Capellín, tras 22 años al frente del centro. Esta antropóloga de profesión, docente por vocación y mujer volcada en las políticas de género, vive ahora pendiente de la transformación de los estudios de Trabajo Social al Espacio Europeo de la Educación Superior. La estricta normativa universitaria pone en peligro la continuidad del centro, dice ella. Aunque confía en el apoyo de las instituciones a una disciplina que, a su juicio, contribuye al perfil de la región y de Gijón, «donde la cultura de la solidaridad es un elemento muy característico».
-En un mundo que se percibe cada vez más hostil. ¿Cuál es el enfoque del trabajador social ante la crisis?
-Todavía no sabemos cómo salir de ella, pero vemos que está afectando a muchas personas de forma brutal. Aunque hay mucho gasto en protección social no se consigue lo suficiente como para que cuatro millones y medio de parados puedan volver a su estado anterior. En el caso de Gijón, podemos decir que es una ciudad con un elevado índice de asistencia social. Me gustaría pensar que todo ese componente solidario que tiene la ciudad también está en la Escuela de Trabajo Social.
-¿Cómo debe actuar el Trabajo Social en tiempos de globalización?
-Estamos ante un proceso económico y social imparable, pero tiene una contrapartida de equilibrio al tender a reforzar las identidades primarias. El riesgo es que puedes cerrarte en exceso. Lo positivo es que permite construir ciudades abiertas que se enriquecen con las aportaciones de otros. Para mí el tamaño de Gijón es el ideal de las ciudades europeas.
-¿Cuál es la identidad de la ciudad de Gijón?
-Es mucho más abierta y dinámica que otras, pero también es una ciudad hipercrítica y muy exigente. Tiene un gran dinamismo que se refleja en el movimiento asociativo. Es acogedora y solidaria, y eso lo perciben los que llegan.
-Son la escuela itinerante de la ciudad.
-Hemos estado en seis sedes diferentes y esa provisionalidad le ha dado un perfil diferente, porque te ponen muy en contacto con la realidad. Cuando empiezan a configurarse los estudios de Trabajo Social en España, Gijón es una de las primeras que lo pone en marcha, al principio impulsado por la Iglesia. Después, en el año 81, cuando las Hermanas de la Caridad decidieron cerrar el centro, hubo un movimiento de defensa en torno a estos estudios y se firma un convenio con el entonces alcalde, José Manuel Palacio. Se determina, entonces, que durante cinco años, con carácter transitorio, el Ayuntamiento seguiría financiando la Escuela hasta que pasara a la Universidad.
-Hasta hoy.
-Con la habitual característica de este país de que lo temporal se convierte en definitivo, al final nunca ha habido acuerdo. La Universidad tenía una Escuela con 700 alumnos que no le costaba nada y, además, le suponía unos ingresos.
-Y el Ayuntamiento sigue como titular de la escuela.
-Obviamente, al Ayuntamiento le interesaba deshacerse de un centro que no responde a ninguna competencia municipal. Es un poco absurdo. Con la entrada en vigor del Espacio Europeo nos obliga a todos los estudios universitarios a acogernos a una determinada normativa, y la escuela de Gijón no puede seguir siendo un centro adscrito. Los títulos de grado tienen que estar implantados en 2010 y no los puede ofertar un Ayuntamiento. La mala suerte ha sido la coincidencia de ese trasvase con el peor momento económico.
-Los cambios de Bolonia se anunciaron hace años.
-Es un modelo muy característico en España. Hace 20 años que tendría que haber estado resuelto esto y se ha ido dejando hasta que ya no había posibilidad. Entonces se nos dice que no hay dinero. Me parece una forma de gestionar el bien público miope y cortoplacista. Somos la única Universidad de España sin área de Trabajo Social.
-¿En qué área se integrarán?
-A la de Sociología. Una Universidad moderna, que aspira al sello de excelencia, que no tenga una de las áreas más importantes en las universidades europeas resulta extraño. Lo normal es que Sociología esté integrada en Trabajo Social, que tiene más entidad y un perfil de intervención social más directo.
-¿Se sienten marginados por la institución académica?
-A nosotros nos parece que la Universidad no ha respondido a lo largo de estos 20 años a un reto. Una institución tiene que tener una visión más amplia y a más largo plazo. Trabajo Social siempre ha sido una escuela adscrita, con un alumnado creciente, sin las bajadas de otras carreras y tendría que haber mucha mayor previsión en la Universidad para incorporar estos estudios.
-¿Cual es la situación actual del centro de cara a Bolonia?
-La memoria académica del nuevo grado está aprobada, pero falta la memoria económica que exige la ANECA para ponerlo en marcha. Eso es lo que ha quedado en el aire. La Universidad exige un compromiso al Principado, pero todavía no hay acuerdo del monto económico. Es posible que se opte por enviar una memoria provisional, que sería muy del carácter de esta escuela, por su provisionalidad, para que los plazos se cumplan y a lo largo del año que viene se vaya ajustando el aspecto presupuestario.
-¿Es ese el único obstáculo para la integración?
-Hay otro aspecto que es incluso más surrealista o inesperado: la Universidad no tiene personal con capacitación como profesorado de Trabajo Social. Ese personal existe y está en nuestra escuela. pero a causa de la modificación de Ley Orgánica de Universidades de diciembre de 2007 nos encontramos con que no tiene la formación que exige la Universidad para entrar. Podemos llegar a la tesitura de que se cierren unos estudios con una tradición y una necesidad social obvia por el tema de profesorado. Nuestros docentes se han volcado en diversos proyectos de impacto social pero no se han preocupado de publicar artículos en revistas con impacto académico como exige la Universidad.
-¿Qué proponen?
-Es necesario encontrar una fórmula legal de transición como se hizo en los noventa con otras escuelas de España, cuando la rigidez de la normativa universitaria no era tal. Y hace falta un compromiso inequívoco a dos años vista. Todos somos conscientes de que éste es un año muy malo y que probablemente el próximo también lo será, pero con los dos años siguientes ya se compensa.
-¿Y en la parte académica?
-Planteamos un período transitorio de cinco años para que el profesorado actual de la Escuela pueda llegar a reunir los requisitos que se exigen. No es justo dejar en la calle a trabajadores con formación adecuada. Pienso que situaciones excepcionales requieren normativas y respuestas excepcionales, que no ofendan al sentido común.
-¿Sería suficiente la actual plantilla docente?
-El proceso requerirá de un importante esfuerzo porque la Universidad que tendrá que sacar más plazas y tiene que haber el apoyo necesario de las instituciones para apoyar a la actual plantilla. Esta escuela se ha caracterizado siempre por su alta eficiencia en la gestión económica, porque hemos hecho mucho con poco dinero y los convenios de la Universidad son más elevados que los de una escuela como la nuestra, pero yo creo que son asumibles.
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«Nuestro carácter itinerante ha dado un perfil diferente al centro, más en contacto con la realidad»
«Resulta extraño que una Universidad que aspira al sello de excelencia no disponga de un área de Trabajo Social»
-¿Qué talento desearía?
-Música y memoria visual.
-¿Cuándo y dónde ha sido más feliz?
-Dentro de lo que cabe, siempre he sido feliz.
-¿Qué reforma social considera más urgente?
-Lograr una sociedad más justa.
-Un lugar de Gijón.
-El Muro o el Cervigón.
-¿Mar o montaña?
-Montaña.
-Aficiones.
-Los libros infantiles, hacer puzzles y pasear.
María José Capellín
Es antropóloga de profesión y desde hace 22 años ocupa el cargo de directora de la Escuela de Trabajo Social de Gijón donde comenzó como docente a principios de los años ochenta. Además, ha tenido un papel muy activo en el desarrollo de políticas de género como presidenta del colectivo Forum de Política Feminista de Asturias.