FRANCISCO GARCÍA
En una época en la que emerge un indecoroso hedor de las cloacas del juego político, para descrédito de quienes ejercen el poder público de cualquier signo e ideología, sean «gúrteles» o «esteponas», a nadie extrañe que el robo de tapas de alcantarilla, recientemente destapado por la Policía, se haya convertido en el delito de moda en Gijón. En esta ciudad goza de prestigio y consideración cualquier asunto que tenga que ver con la actividad siderúrgica. Pero también puede llegar a causar enorme desazón, como la rapiña del alcantarillado o la reciente decisión de Arcelor de trasladar a Polonia su centro de finanzas y contabilidad para España, con sede gijonesa. En otro tiempo Gijón era ciudad férrea, forjada en acero: hoy hacen carrera la chatarra y el cartón piedra. Lo malo de destapar alcantarillas es que las nauseas del submundo acaban aflorando al mundo real, haciéndolo irrespirable. De cualquier forma, a ocho euros la pieza no merece la pena el delito: no se hace fortuna con esta práctica a menos que dejen las calles de la ciudad con más agujeros que un queso de Gruyere.