FRANCISCO GARCÍA
Los hombres de la mar pasan, como los temporales y las mareas. Se van para siempre a faenar a otros caladeros, como Peltó, que expiró ayer las últimas bocanadas de salitre en este Gijón del alma que lo adoptó como hijo pródigo o prodigio. Cabeza de hierro y corazón de grumete era este José María Peláez, amarrado antaño a su barco-vivienda, encallado en la playa como un Chanquete del «no nos moverán», con gorra pero sin barbas. Recordaba ayer, consternado, Juan Ramón Pérez Las Clotas, siempre memorioso en su magisterio del relato de los días del último siglo de esta región, a aquel luchador rotundo que peleaba por cuatro perras -o menos- sobre el cuadrilátero del Santa Clara, en Oviedo, y al que dejaban dormir, tras el combate, en una butaca de LA NUEVA ESPAÑA hasta la hora de salida del coche de reparto de los periódicos, que lo devolvía a su lugar. Así era Peltó, un brazo de mar, un indomable a toda costa, una inmersión a pecho descubierto. En definitiva, un náufrago.