CUCA ALONSO
Isabel Menéndez Benavente es una brillante psicóloga y, en consecuencia, llenó el salón del Ateneo Jovellanos para desarrollar un tema de máximo interés: «Los hijos: se deben poner límites». Fíjense ustedes que en el enunciado se ha suprimido la interrogación, luego es una idea afirmativa. Ocurre que la mayoría del público asistente, como reconoció la propia conferenciante, por el hecho de estar allí ha demostrado tener cierta preocupación por un tema que es clave en el futuro de nuestra descendencia, pero intranquiliza saber que hay un inmenso grupo de padres que siguen indiferentes respecto a la búsqueda de un mejor sistema educativo, u obstinados en el error. De manera que a servidora le cabe la tarea de extender, resumidas, las nítidas ideas de Isabel Menéndez Benavente, como posible aviso para navegantes a la deriva.
Presentó a la psicóloga, acompañado de José Luis Martínez, presidente del Ateneo, el párroco de San Pedro, Javier Gómez Cuesta, que como inicio le regaló a la ponente un hermoso párrafo de la Biblia que describe a «la mujer completa», en el que veía reflejada a Isabel. Licenciada en Psicología por la Universidad Autónoma, desarrolló sus primeros trabajos en el Colegio de La Asunción. Javier Gómez Cuesta hizo una reflexión sobre las dificultades de los padres de hoy para educar a sus hijos, siendo esta tarea la que ayuda a las personas a conocerse, controlarse, ser libres. Incluso uno de los motivos de la baja natalidad radica en el miedo de ciertas parejas a no saber educar. Citó a Kant: «Tan sólo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre». Y refiriéndose a sus propias homilías dijo que muchas veces ha incluido en ellas ideas encontradas en los artículos de Isabel Menéndez Benavente, excelente escritora.
Ésta, con buena voz y ayudada de gráficos, expuso las ideas básicas de los pros y contras de una buena educación. «Tarea difícil, implica angustia y desconcierto, nadie enseña a ser padres; éstos se sienten solos, sin ayuda». No hay manual de instrucciones, por el simple hecho de que todos los hijos son diferentes. Pero vayamos a lo fundamental: poner límites es imprescindible. Con ellos los hijos se sienten seguros y protegidos: las normas suponen una referencia a la que aferrarse y sienten que sus padres son fuertes, les enseñan a renunciar, a ceder ante el «no», a asumir valores de orden, respeto y tolerancia. Más tarde, en la adolescencia sabrán negarse al alcohol, las drogas, las situaciones de riesgo. ¿Qué padres no saben poner límites? Los sobreprotectores, los inconsistentes, inmaduros o los autoritarios. Éstos, aunque parezca paradójico, no negocian jamás, no se comunican, castigan física y emocionalmente. Los inmaduros e irresponsables son los más abundantes, «que los eduque el cole», y no intervienen. Los protectores no se separan de su hijo, no le niegan nada. Unos y otros descendientes tendrán problemas en la adolescencia.
El niño sin límites suele ser listo, tirano, caprichoso, no tolera un «no», manda en casa, no pide, exige, no respeta a nadie y jamás es el culpable de nada. «Son maquinas de tener, no de ser». Al crecer se harán peores, hasta el punto de amenazar y agredir. «En los últimos tiempos he visto más casos de madres agredidas que de hijos agredidos». ¿Cómo han de ponerse los límites? Desde pequeños; si se da la misma respuesta a la misma solicitud, el niño aceptará la norma. Han de ser límites adecuados, claros y precisos. Pocas normas básicas, pero éstas, irrenunciables, como el respeto por los demás, o el rechazo a la mentira. Los castigos, siempre como incumplimiento de la norma, cortos y proporcionados, nunca violentos o humillantes. Receta fácil: empatía, sentido común y amor incondicional. El amor hace crecer por dentro y por fuera.