ALFONSO PELÁEZ
El 15 de octubre del año en curso presenté un libro en el palacete consistorial y, cómo no, ahí estabas tú. El 17 del mismo mes en la Iglesia de San Pedro te vi ir a comulgar en el funeral de mi madre. El pasado 1 de noviembre, inusual día de verano, a eso de las 12,30, me dijiste en la barandilla de la Escalerona, con nuestro común amigo Lalo de testigo: «Doctor, vaya playu de pacotilla, tien razón Víctor Labrada, ¿qué haces de nicky a 22 grados?». A lo que te respondí: «Llevo en la playa desde las 9 y acabo de darme un calonín y el agua está más fría que su madre». «¿Quiés un trajebañu? ?». «Vete a rascala», me respondiste con esa intransferible sonrisa.
El 15 de noviembre pasado, cerca de las 11 de la mañana, en la habitación 802 ó 12 ó quizás 22, durante no menos de una hora - estabas de zapatos, con tu "Albertiana" gorra y pijama azul horizonte- hablamos largo y tendido, amén de tu ignota enfermedad, de la placa para la plaza del médico Francisco Cienfuegos-Jovellanos; de la recuperación de la playa de Salinas; de Paz Felgueroso, a la que me consta que apreciabas un montón; de tus grandes amigos Paco Prendes y Rafa Lorenzo y, cómo no, de la bahía gijonesa que te traía tan sumamente preocupado. Al despedirnos, estrechándonos las manos y mirándonos a la cara me dijiste: «Nada más salga de aquí pasaré por la droguería para que me firmes un libro y así de paso tomamos algo en Casa Ataúlfo».
Amigo Peltop, en este fin de año en el que tal parece que me están cayendo todas, no te imaginas lo que he sentido tu partida, pues al fin y al cabo me estoy quedando sin referentes. Fue un inmenso placer haberte disfrutado. Hasta cualquier día en el que a buen seguro, claro que sí, volveremos a vernos.
P.. Dales recuerdos a dos amigos tuyos, que seguro ahí están, y que tanto significaron para mí: mi padre, Luis Peláez y mi suegro y además amigo, Arturo Vila.