IGNACIO GRACIA NORIEGA
Hace un par de años más o menos, me disponía a dar yo una conferencia en el Ateneo Jovellanos y antes de empezarla Cuca Alonso me dijo que Peltó le había pedido que le disculpara por no asistir, pero que se sentía tan mal que contaba con morirse, y, claro es, en ese caso es prioritario morirse a ir a una conferencia. Como siempre aprecié mucho al gran Peltó, de vuelta a mi casa escribí un artículo necrológico, para que lo leyera y se animara un poco, pues decía de él en el artículo todas las cosas buenas que se dicen de una persona que ha muerto, salvo que el protagonista del artículo hubiera muerto. Es decir: fue una necrológica sin nombrar la muerte, destinada a que la leyera el muerto y reviviera. En aquella ocasión, Peltó siguió el consejo que le da Sancho a Don Quijote cuando el último caballero andante estaba en las últimas: «No se muera vuesa merced, siga mi consejo».
Ahora Peltó ha muerto de verdad, y como el pobre no va a poder leer lo que estoy escribiendo, quisiera que en estas líneas quedara constancia de lo mucho que hemos perdido y de lo que vamos a perder sin Peltó, ultimísimo caballero andante y caballero navegante de las costas cantábricas. También fue uno de los últimos multifacéticos de este mundo cada vez más uniforme: luchador, submarinista, rescatador de navíos hundidos o a la deriva, salvador de náufragos, experto lobo de mar, erudito, poeta... Oyéndole hablar se trasladaba uno a otra época, cuando las aguas del mar Cantábrico estaban surcadas por naves en todas las direcciones, rugían las galernas y se producían naufragios.
Sus historias de naufragios, de las que él era siempre o casi siempre el protagonista, eran más bien del siglo XIX, pero ¿importaba algo eso? Le tocó vivir en una época en la que los naufragios escaseaban sencillamente porque se navegaba menos, hasta llegar a la situación en la que apenas se navega de cabotaje o de pasaje. Peltó no tenía la culpa de la presente escasez. Cuando le tocó enfrentarse a algún naufragio, lo hizo con eficacia y profesionalidad, aunque no por ello dejara de considerarse un personaje romántico.
Recordamos, ahora que Peltó ha muerto, algunos episodios de su épica lucha contra el mar. Recuerdo unas páginas suyas sobre unos arrecifes denominados Los Negros que podrían figurar en cualquier antología sobre el mar. Porque Peltó, en sus años finales, alejado del ring y del mar, escribía con entusiasmo, prosa y verso; según Ángel Fidalgo, otro de sus fieles amigos, su obra manuscrita sumaba varios kilos.
Sus asuntos eran variadísimos, desde el mar a Palacio Valdés (que también escribió una novela de mar). Como hombre de variadas experiencias y despierta inteligencia, asimiló bien lo que había vivido. Habría sido formidable que Peltó hubiera escrito su autobiografía o, cuando menos, un libro de memorias. Con tanto diario que se escribe ahora por gentes a las que nada les sucede, Peltó hubiera puesto el contraste oportuno con los recuerdos de un aventurero que ha vivido mucho, de un hombre de acción.
Aunque no de mucha estatura, Peltó lucía muy bien con gorra de marino. En la nave encallada de su anteúltimo refugio de la playa de Soto de Luiña, Peltó ha vivido feliz y a su modo durante unos años, sin pedir más. Pedía sólo que le dejaran en paz. Mas las burocracias municipales le expulsaron de su paraíso. Todas las mañanas le despertaba su raitán. Fue tener que abandonar al raitán lo que más sintió cuando le obligaron a abandonar el puente del barco.
Ahora él, rescatador de tantos náufragos, era el náufrago. Un día se puso camisa roja, corbata roja y la gorra de marino y fue al Ayuntamiento de Cudillero. No le sirvió de nada explicarles a los munícipes que había sido compañero de fatigas de don Enrique. El náufrago regreso a su playa desolada, recogió sus humildes pertenencias, hizo el hatillo y buscó refugio en el puerto acogedor de Gijón. No volvió a escuchar al raitán, pero confiaba en que seguiría cantando todas las mañanas. Y para que el raitán no dejara de cantar, le escribió unos versos. Peltó era, ante todo, un poeta.