JOSÉ MARÍA DÍAZ BARDALES
PÁRROCO DE LA IGLESIA DE FÁTIMA EN LA CALZADA
Identificar la Iglesia con algún obispo es algo que ocurre con frecuencia, y algo parecido ocurre con cristianismo y posturas conservadoras. Esta semana escuché voces muy distintas que apuntan a cierto pluralismo eclesial
Tres católicos opinan. En Toledo se celebró estos días el X Congreso de Escuelas Católicas, en una mesa redonda han intervenido el cura Ángel García de «Mensajeros de la Paz», el eurodiputado del PP Jaime Mayor Oreja y la monja dominica argentina Lucía Caram. Sus intervenciones me parecen significativas y reflejan sensibilidades y carismas muy distintos.
El cura asturiano ha lanzado varios mensajes de optimismo, convencido de que vamos a salir de la crisis, no sólo de la económica, sino también de la de valores, y de que «nunca en la historia de la humanidad hubo tanta solidaridad como ahora», ni tanta gente que cree en la familia y en el hombre.
Por ello, ha recalcado que la familia no está en crisis, sino que es la institución más apreciada, por mucho que la gente se reúna en la plaza de Colón, en alusión a las manifestaciones y actos convocados o apoyados por la Iglesia católica en los últimos años en ese céntrico lugar de Madrid.
Jaime Mayor Oreja, por su parte, ha señalado la falta de convicciones y de principios como el principal adversario al que enfrentarse, sobre todo cuando en Europa se extiende con fuerza la socialización de la nada. El ex ministro del Interior no le gusta la exaltación exagerada de la libertad que hace pensar que la persona que tiene creencias no es libre porque está encadenada a ellas.
Por su parte, la religiosa Lucía Caram ha avisado de que el actual modelo de Iglesia y de vida religiosa no da para más, lo mismo que ocurre con el modelo educativo, por lo que ha animado a ser creativos y a vivir el Evangelio con pasión. El objetivo es doble, ha dicho la dominica: humanizar la sociedad y devolver a la Iglesia la credibilidad que, como institución, ahora ha perdido.
El Vaticano denuncia. El presidente del Consejo Pontificio de la Pastoral para los Migrantes y los Itinerantes, monseñor Antonio Maria Vegliò, este viernes en la rueda de prensa de presentación del Mensaje del Papa para la Jornada Mundial del Migrante del 2010 lamentó que, en algunas ocasiones, niños inmigrantes no acompañados son repatriados a sus países.
Dijo Vegliò que un menor no acompañado no puede ser repatriado, pero desgraciadamente ese derecho, como muchos otros, no siempre es respetado.
Si los inmigrantes en general son vulnerables porque se encuentran en un país que no es el suyo y en el cual la protección puede no estar garantizada, mucho más lo son los inmigrantes menores, sobre todo si no están acompañados y, por tanto, privados de representantes legales o de tutores.
El prelado recordó que los niños tienen los mismos derechos que los adultos y destacó que los motivos por los que dejan su tierra son parecidos a los de los adultos: conflictos armados, étnicos o religiosos, crisis económicas o sociales, ausencia de perspectivas de futuro en sus países de origen. Sin embargo, señaló algunas razones más específicas de los menores, como «el caso de dificultad o imposibilidad para acceder al país de destino deseado».
En muchos casos, los padres, a veces la familia entera, ponen todas sus esperanzas en el éxito del menor que emigra, lo cual se transforma en una fuerte carga psicológica para el niño, que no quiere defraudarles.
Benedicto XVI en su mensaje de este año para la Jornada Mundial del Migrante, «Los emigrantes y los refugiados menores de edad», toca un aspecto al que los cristianos prestan gran atención, que es el de la protección de los derechos del niño. Aunque en la opinión pública crece la conciencia de la necesidad de una acción concreta e incisiva para la protección de los menores de edad, de hecho, muchos de ellos son abandonados y, de varias maneras, corren el riesgo de ser explotados. El propio Jesús de pequeño vivió la experiencia del emigrante porque, como narra el Evangelio, «para huir de la amenaza de Herodes tuvo que refugiarse en Egipto junto con José y María».