FRANCISCO GARCÍA
Cuando el apremio de la tribulación ahogaba, en la región de los hielos perpetuos buscábamos antaño el oxígeno que hurta la llanura, donde la espiga granada del cereal oficia de muralla y de frontera atosigante. En los Picos de Europa las agujas esculpidas como enormes obeliscos sobrecogen cuando al atardecer el sol cincela con sus brillos el rostro anaranjado de la caliza. Camino de la ascensión un manto nebuloso se extiende sobre la collada, como un telón móvil de neblina que juega al escondite con la geografía de la cúspide. Meses atrás el lomo nevado de la montaña componía un manto de armiño en el lienzo del paisaje de un territorio indómito donde se goza el disfrute de la soledad mientras los promontorios parecen flotar entre las nubes. Entonces decidimos no subir y aguardar a los ríos del deshielo. La espera de meses mereció la pena, y entonces comprendimos que hace falta ser dos hombres en esas cumbres: uno para contemplar el sublime inventario de crestas y otro para atreverse luego a describirlo.