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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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EDUARDO G. SALUEÑA
MUSICÓLOGO
A raíz de los surrealistas acontecimientos que tuvieron lugar en el concierto de clausura del pasado Festival de Jazz de Sigüenza se me ocurrieron varias reflexiones sobre lo que es válido y lo que no en la música, dentro de una concepción estética determinada, y lo que público y crítica aceptan o no, algo que en muchos casos tiende a ser muy distinto. Para quien no conozca los hechos, los resumo brevemente: un espectador interpone una denuncia a uno de los músicos participantes por considerar que aquello que está interpretando no es jazz, sino «música contemporánea», algo que tenía contraindicado psicológicamente. Posteriormente, un miembro de la Guardia Civil (fuerza que se había personado tras el altercado) secundó su opinión, tras escuchar su música. El músico aludido era Larry Ochs, un veterano y reconocido saxofonista norteamericano coordinador, entre otros proyectos, de «Sax & Drumming Core» o de «Rova Saxophone Quartet». Pero el músico aludido es lo de menos aquí. Todos estos hechos mencionados me llevan a hacerme preguntas tales como: ¿Hasta dónde llega la libertad del creador? ¿Se puede declarar objetivamente cuándo una pieza deja de pertenecer a un estilo para convertirse en otro? ¿Qué entendemos por jazz y por música contemporánea?
Cualquier conocedor de la historia del jazz sabe que éste es uno de los géneros de música popular más propensos a la hibridación estilística. No en vano, la categoría «jazz fusión» se ha aplicado a aquellos discursos que, desde finales de los 60, han aprovechado los recursos del jazz para reflejar realidades mucho más amplias como el rock, el pop, la música electrónica o el folclore de procedencia oriental, por citar algunos ejemplos. Por otro lado, la retroalimentación entre el universo académico y el jazz siempre ha estado muy presente; no sólo desde el punto de vista de compositores como Ravel, Gershwin, Shostakovich o Stravinsky, dentro de la concepción estilística propia del mundo occidental clásico o posromántico, sino también a partir de Duke Ellington, Claude Bolling o la corriente del «Third Stream» de los años 50, con nombres tan relevantes en la historia del género como los del «Modern Jazz Quartet» o Gil Evans.
Se tiende a aplicar un matiz genéricamente peyorativo a la denominación «música contemporánea», integrando casi un siglo de producción musical (el XX), con multitud de lenguajes contrastantes y para todos los gustos. Baste citar el Futurismo, la segunda Escuela de Viena, la Música Concreta, el Neo-Clasicismo, los Neo-Nacionalismos, la Electroacústica, el Postserialismo, las músicas de acción o el Minimalismo, para que se evidencie la pobreza de este criterio tan reduccionista. Gran parte de la gente que piensa así relaciona el término «música contemporánea» con sonoridades desagradables, caóticas (incluso aleatorias) y más centradas en la forma que en el fondo. Me llevaría demasiado espacio desbancar todas estas asociaciones (en la medida de mis posibilidades), y no es ni el momento ni el lugar apropiado, pero ni todo es blanco o negro ni estos parámetros son gratuitos.
Algo similar ocurre en el jazz, con las corrientes más extremistas y experimentales del Free-Jazz (como su propio nombre indica, «Jazz libre»), que buscan ahondar en otro tipo de recursos tímbricos y que están muy relacionados con diferentes técnicas de improvisación. ¿Qué hubiera pasado si Sun Ra no hubiese materializado las grabaciones de su banda, desde los años 50, en torno a la idea de que venían de otro planeta y que se expresaban a través de un nuevo lenguaje? ¿O si Miles Davis no hubiese optado por integrar instrumentos y sonoridades procedentes del rock más vanguardista, grabando piezas de más de 20 minutos de duración? ¿O si Ornette Coleman no hubiese planteado que varias formaciones tocasen simultáneamente en pos de una única creación con varias ruedas improvisatorias? ¿Alguien discute la validez y la originalidad de todos estos nombres? Lógicamente, en cuestiones de gustos no hay nada escrito, y cada uno tiene la libertad de escoger lo que quiere escuchar (al igual que quedarse o no a un concierto). Pero la experimentación siempre ha sido una constante en la historia de la música, lo que ha ido determinando su motor evolutivo. Precisamente, cuando algo deja de sonar a aquello que se adscribe y, utilizando ciertas herramientas propias de su estilo tantea nuevas posibilidades, está escribiendo la historia.
Espero que el incidente -por llamarlo de alguna manera- acontecido en Sigüenza no siente un precedente legal, promoviendo que un músico pueda ser denunciado por no interpretar la música que un espectador espera; y que no haya una prescripción facultativa que prohíba escuchar ciertos tipos de música, aludiendo a criterios reduccionistas, y que la Guardia Civil no contribuya a este enjuiciamiento artístico saliéndose de sus funciones. Eusebio Jardiel Poncela o Luis García Berlanga hubieran pagado por contar una historia como ésta? tristemente, real.
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