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HEMEROTECA » EL TIEMPO » |
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LUISMA MURIAS
J. L. ARGÜELLES
Un jurado presidido por la catedrática Carmen Bobes acaba de conceder el premio internacional de poesía «Ateneo Jovellanos» a «La lengua del mirlo», primer libro del asturiano Servando Cano Lorenzo (Somiedo, 1943). Poeta tardío, intelectual de trayectoria singular, en esta entrevista analiza algunas de sus claves literarias y biográficas.
-El mirlo es pájaro que imita los sonidos humanos.
-Exacto. Lo que yo pretendo es hacer memoria del tiempo que viví en un pueblo de Somiedo, Arbeyales. Y de ahí, también, que el libro esté dedicado a mi padre, como «delator del mundo / en sus formas más libres y más puras», según dijo Ángel González de Claudio Rodríguez.
-¿El libro es una recreación de la infancia como paraíso perdido?
-Sí, es un intento de recrear un paisaje, un entorno rural en el que viví mucho tiempo y al que aún voy de vez en cuando. Son poemas marcados, en efecto, por esa infancia somedana mía y esos lugares casi paradisíacos.
-¿Ese mirlo tiene algo que ver con el ruiseñor de Keats?
-Algo tiene que ver. De hecho tengo un poema titulado «La soledad del árbol», que no he incluido en este libro, en el que hago referencia al ruiseñor de Keats y donde digo que ha dejado de cantar. Es la incorporación de un recurso simbólico para hacer ver el fondo de las cosas.
-¿Se considera un poeta neosimbolista?
-Busco, a través de un recorrido por un paisaje, llegar al idioma oculto de las cosas, como dice Luis García Montero en uno de sus poemas. Por tanto, sí hay una cierta carga simbólica, en el sentido que le daba a la palabra Baudelaire mediante los juegos de correspondencias. Trato de buscar un sentido último.
-¿Podemos hablar de una poesía de la trascendencia?
-Creo que sí, que en mis poemas hay una búsqueda de la trascendencia. Y hay, también, un cierto tono trágico o melancólico. Vemos como la naturaleza revive, mientras que el hombre no. Hay un poema en el que digo que algún día yo no veré cómo amanece.
-Poesía, también, elegíaca.
-Es una poesía elegíaca y de celebración de la vida, hasta dónde se puede llegar. No obstante, siempre media el tiempo, que nos agota.
-En su libro utiliza estrofas orientales, como el haiku...
-Sólo diecisiete sílabas (5+7+5) que se prestan, me parece, a un cierto lirismo. Pero en el poemario también hay prosa poética o composiciones rimadas.
-¿Qué poetas influyen en su obra?
-Para mí la poesía es una forma del tiempo vivido. Mi recorrido se corresponde con mi estado de ánimo, porque creo que es la poesía quien nos lee a nosotros. Mis gustos han ido cambiando con los años. Estudié Humanidades en el Seminario (Metropolitano de Oviedo), donde fui alumno de Víctor García de la Concha, ahora director de la Real Academia (de la Lengua) y leí a los clásicos: San Juan de la Cruz, Garcilaso, Góngora, Quevedo... También Machado y Lorca. Después, en la adolescencia, descubrí a Blas de Otero, sus poemas religiosos, a José Hierro y a Celaya. Más tarde, he vivido mucho de los poetas de la Generación del 50, fundamentalmente Ángel González y Claudio Rodríguez.
-Pero son poetas muy distintos.
-Sin duda, aunque que quizás hay algún rastro de estos dos autores en lo que he escrito; más, tal vez, de Ángel González. Ahora también sigo a poetas de las últimas promociones, como Benjamín Prado, García Montero y, últimamente, estoy con Joan Margarit.
-Poetas estos últimos adscritos por la crítica a la llamada «poesía de la experiencia».
-Me gusta esa «nueva sentimentalidad», pero intentando trascenderla de alguna manera. Me atengo a lo que pasa, pero quiero ir más allá. Veo que mucha de esa «poesía de la experiencia» es meramente descriptiva, sin tratar de formular las grandes preguntas.
-¿Son aún necesarias las grandes preguntas?
-Creo que sí. ¿Con qué otra cosa nos podemos acercar a las grandes cuestiones si no es a través de la razón poética? Ahora bien, otra cosa es que las podamos resolver. Creo que hace falta una poesía de las grandes preguntas. Estoy leyendo a Wislawa Szymborska, que me gusta mucho porque se interroga sobre cosas importantes pero siempre desde un tono desenfadado, sencillo, nada dramático.
-¿Escribe poesía desde hace mucho tiempo?
-Bueno, siempre escribes cosas, aunque en serio he empezado ahora, una vez que me he jubilado. He recuperado esta vocación antigua, que estaba ahí latente, sin manifestarse.
-¿Y éste es su primer libro?
-De poesía, sí. He escrito otras cosas. He ganado, por ejemplo, el concurso de cuentos «Lena» en dos ocasiones y el premio de ensayo de la Fundación Europa Universitas, al que presenté un trabajo sobre la vejez. Y he hecho cosas de sociología.
-El tiempo, la vejez... Parece que hay una preocupación arraigada.
-Me da vértigo. Creo que fue Chateaubriand quien escribió que no podemos dar un paso sin tocar el límite.
-Hay quien le recuerda a usted de cura en París.
-En el Seminario estudié Humanidades, Filosofía y toda la Teología. Luego me fui a París, al Instituto Católico, donde saqué una licenciatura en Ciencias Sociales. También estuve en la Sorbona, donde fui alumno de Alain Touraine. Hice el doctorado en Oviedo y fui profesor en la Universidad, hasta que saqué una oposición como sociólogo en el Ayuntamiento de Gijón.
-Pero ¿se ordenó como sacerdote?
-Sí, me llegué a ordenar y acabé en París poco después de Mayo del 68. Todo aquello me transformó.
-¿En qué le cambió?
-Hace poco escribí un artículo en LA NUEVA ESPAÑA titulado «Sarkozy y los demonios del Mayo del 68», en el que interpretaba aquellos hechos. Fue una experiencia frustrada. En el campo intelectual hubo una especie de caída de los grandes paradigmas, donde ya nada se tenía en pie, y se entró en una confusión ideológica.
-¿Son años de crisis espiritual para usted?
-Fueron años de preguntas graves y de cambios en mi manera de ver el mundo, pero si lo dejé todo fue porque me enamoré.
-Lo que siempre es una razón poderosa.
-Sí, a orillas del Sena. De no ser así, es posible que hubiera seguido siendo cura. Aquí iba a hacerme cargo del departamento de sociología del Obispado y no sé cuántas cosas más. Pero, claro, me enamoré y eso lo trastocó todo.
-O sea, que su enamoramiento matizó su vocación religiosa.
-Exacto, porque nunca he dejado de creer. En aquel momento yo era un apasionado de la Teología, que leía por ejemplo al luterano (Rudolf) Bultmann y todo lo que se publicaba. Tenía pasión, aunque la fe a mí no me viene de la Teología; lo que pueda tener de creyente me ha llegado, básicamente, de la filosofía existencialista, sobre todo de Camus.
-Que no era creyente.
-Del primer Camus, el del absurdo, al de «La peste» hay una evolución humanista tremenda. Él dijo que no quería entrar en la Iglesia católica porque sus raíces eran de la Tierra. Yo creo que era un creyente sin Dios. Sartre, Heidegger, Kierkegaard, la novela rusa... Me fueron muy útiles para profundizar en mi visión religiosa del mundo.
-¿Cómo un niño de un valle somedano sale con todas esas inquietudes?
-Pues, según la maestra, yo era un niño un poco espabilado. Dijo: «A este guaje hay que sacarlo a estudiar fuera». Así, de la mano de la maestra y del cura del pueblo entré en el Seminario. Mis padres, que eran labradores y ganaderos, hicieron un gran esfuerzo para que yo pudiera estudiar. En aquellos pueblos nadie estudiaba, y sin embargo en mi casa, curiosamente, estudiamos carrera mi hermana y yo.
-A propósito de su enamoramiento parisino. ¿La Iglesia se equivoca al prohibir a los curas casarse?
-Totalmente. No sé cuándo se atreverá a repensarlo, pero algún día tendrá que hacerlo. La mayor parte del clero asturiano tiene más de sesenta años.
-¿La Iglesia católica va muy por detrás de la sociedad en la que está inserta?
-La Iglesia es muchas cosas. Yo leo mucho al Papa Benedicto XVI, que es un gran intelectual. Y me parece que tiene el único discurso global que merece la pena seguir. Su discurso a los artistas, aunque pueda discutirse su concepto de belleza, es de una gran profundidad. ¿La Iglesia va a remolque? No sabría responder, porque, insisto, la Iglesia es Rouco y es Casaldáliga, es el Padre Ferrer y es el obispo Romero. Lo cierto es que tiene un discurso de gran coherencia y no me gusta hacer un juicio de valor.
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