ORLANDO LÓPEZ ALONSO
POR CUCA ALONSO MARCOS LEÓN
Empresario
Por una serie de carambolas informativas me vi inmersa en otra galaxia. Un mundo desconocido en el que brilló como un fogonazo un nombre, Orlando. Orlando López Alonso. «Vamos allá», me dije, después de casi medio millar de entrevistas, poco o nada de lo relacionado con la fauna humana puede sorprenderme. Supe de inmediato que la mencionada galaxia está formada con la triunfante generación de los 70, es decir, un grupo de chicos y chicas que sin alcanzar los 40 años configuran el nuevo tejido empresarial de este país. Su formación, su estilo de trabajo, su fuerza, dinamismo y responsabilidad constituyen la esperanza.
Orlando López Alonso acaba de cumplir 33 años. Alto, bien parecido, vestido como un lord, se presentó ante mí cordial y desenvuelto, sin medio pelo en la lengua. Hijo de un profesor de la Universidad de Oviedo, Secundino López, y mayor de dos hermanos, Orlando nació en Gijón, el 25 de octubre de 1976. Hizo el bachiller en el Instituto del Piles, y la carrera de ingeniero técnico informático en Gijón, consiguiendo la licenciatura a los 21 años. Hoy reconoce que le quedan cuatro asignaturas para completar la ingeniería superior, pero que probablemente no la concluirá; sus actividades empresariales han desbordado esa perspectiva.
-¿Quiere decir que encontró un buen trabajo nada más terminar la carrera?
-En realidad ya había trabajado durante los estudios. Aún estando en la Escuela, un grupo de compañeros formamos una asociación, se llamaba «Jóvenes Informáticos Emprendedores del Principado de Asturias». Entre nuestros objetivos estaba el de procurar no salir de Asturias, ya que estábamos convencidos de que aquí se podían hacer muchas cosas. Un día vimos un cartel que ofrecía un curso, dentro de un programa del Ayuntamiento de Gijón, titulado «Nuevos yacimientos de empleo». Fuimos en busca de más datos y nos dijeron que había que presentar un proyecto.
-Cuántos socios le acompañaban?
-Éramos cinco, todos de 22 años. Elaboramos un programa sobre temas de información y formación, muy bien desarrollado, y lo admitieron. De este modo nos pusimos a trabajar sobre la idea durante unos tres meses. Fue como un plan de empresa. Tanto, que al acabar decidí crearla yo solo. Mis compañeros se fueron descolgando, pero siguen siendo mis amigos. Me casé al mismo tiempo que monté la empresa, Isabel y yo habíamos sido novios desde los 16 años. El dinero preciso, 3.000 euros, lo reuní con 1.500 que tenía de mis tiempos de jugador de fútbol y otros 1.500 que me dieron mis padres.
-¿Cómo se denominó esa primera empresa?
-Se llama Dicampus, y se emplea en la formación a distancia a través de internet, aunque en los primeros años hacíamos de todo, cursos, programas, páginas web, incluso reparaciones de ordenadores, si era preciso.
-Habla usted en plural, ¿ya tenía empleados?
-Sí, dos. La sede inicial la instalamos en un local que era de la madre de mi esposa, en la calle Cataluña, en Pumarín. El bajo tenía dos zonas; una tienda delante, y en la parte de atrás un habitáculo independiente, muy pequeño y sin baño. Nos metimos allí y el primer acuerdo comercial lo realizamos con el dueño del bar contiguo, para que nos permitiera utilizar sus aseos. Estábamos en condiciones muy precarias, sólo disponíamos de tres sillas, de manera que si llegaba un cliente uno de nosotros se iba a tomar un café. Los dos primeros años fueron muy duros y como no había dinero acabé quedándome solo.
-Al menos ya le sobraban dos sillas...
-No, porque terminó la carrera de Ciencias Biológicas mi esposa, Isabel Barrio, y también mi hermano, de Matemáticas, y ambos se incorporaron a Dicampus, formando una sociedad de cuatro partes; mis padres, mi mujer, mi hermano y yo. Seguíamos en la trastienda, pero personalmente me aportaron un gran empuje, por dos razones. Una, mi hermano es posiblemente la persona más inteligente que conozco; y dos, mi esposa dispone de una extraordinaria capacidad de trabajo; ella es la directora actual de Dicampus. Las cosas empezaron a mejorar y diversificamos las actividades. Pasado un año nos fuimos a otro local, éste de mi abuela, en La Calzada, que ya tenía baño y 150 metros cuadrados de superficie. Íbamos creciendo lentamente.
-¿Y el personal?
-En 2005 éramos seis, pero al dividir la actividad, formación y tecnología, nuestro ritmo de trabajo aumentó tanto que en 2007 fue preciso crear la segunda empresa, Vorago -en latín significa torbellino, algo que me identifica-, exclusivamente dedicada a tecnología, desarrollo de páginas web, de modo fundamental. Entre las dos empresas ya reuníamos 50 personas. Después de varios cambios de local nos fuimos yendo al Parque Tecnológico; primero Vorago y luego Dicampus, aunque ésta sigue teniendo áreas de formación en La Calzada y en la calle San José. Este año 2010 con el arreglo de INTRA, se ampliará el Parque Tecnológico y lo trasladaremos todo.
-¿Ya han parado entonces de crecer?
-No, ha sido necesario formar la tercera empresa, Fetén web, centrada en el marketing on line, es decir, saber vender a través de la red. Está desarrollándose muy bien y ya somos 75 personas. Por último, el pasado 29 de diciembre, hemos creado la cuarta empresa, «Talento Corporativo», viene a ser el buque insignia de todas, y en ella se reúnen las acciones de las demás. Atenderá ciertos servicios que son comunes, como administración, innovación y dirección general.
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«Hago pocas cosas muy mal y casi ninguna muy bien, por tanto es fácil superarme; la gente que viene detrás es más válida»
«Jugué en el Veriña, en el Sporting, en el Gijón Industrial y en el Candás; mucho de mi carácter y de mis valores se los debo al fútbol»