J. C. GEA
Aunque se inserte en mitad de un ciclo festivo originariamente religioso, el tránsito de año es fiesta laica, en la que lo que se festeja depende, sin más, de una forma de contabilizar el tiempo. Por eso ni estorban ni chirrían nunca los añadidos simbólicos que le han ido cayendo a la conmemoración del cambio de año, sean uvas, lentejas, ropa interior escarlata o cánticos corales de lo que sea, incluidos el «Gijón del alma» y el himno del Sporting, como si el calendario gregoriano fuera invención local. Tampoco tiene por qué desentonar que la autoridad municipal decidiese bendecir 2010 con una lluvia de estrellas: doce, como las doce campanadas y las doce uvas, que bailaron por la fachada del Consistorio, y que quizá recordaran a algún ciudadano de los entregados al soplido de turuta y al «Mueve tu cucú» que el año contiene seis meses de europresidencia española. Al margen de lo soso del recado, las estrellas resultaron monas; pero, para el caso, hubiera enfervorizado más los corazones echar mano del único símbolo realmente universal del año: la Copa del Mundo.