FRANCISCO GARCÍA
Los hechos sorprendentes, como ocurre con los cuentos navideños de Dickens, siempre nos resultan más notorios cuando suceden en las bóreas que sacuden la gélida Nochevieja. Hacemos memoria, diez años después, del alumbramiento del «bebé milagro», que hoy corretea por las calles de Piedras Blancas, ajeno a la epopeya de su origen. Aquel nonato al que su madre moribunda y los médicos de Cabueñes se empeñaron en alimentar en el líquido amniótico de una gestación clínicamente muerta. Luis Manuel vino al mundo, fuera como una premonición o como un buen augurio, en el último día de un año que amenazaba catástrofes milenaristas y apagones informáticos. La incubadora de Cabueñes fue para el «bebé milagro» un portal sin abrigo de brazos de madre y cargado de herodianas angustias. La vida, amigos, se muestra en ocasiones como el misterio inenarrable de un gesto humano de suprema grandeza, el de una mujer, y el de un hijo aferrado con fuerza a la respiración asistida.