JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
La fiesta de Navidad es una fiesta tan rica en contenidos que no cabe en un solo día. El ciclo navideño tiene muchas fiestas: Navidad, Sagrada Familia, Santa María Madre de Dios, Epifanía, bautismo del Señor. Se trata de celebrar diversos aspectos del misterio inagotable del amor de Dios en Jesucristo.
Hoy es domingo y no tiene color especial. Las lecturas nos invitan a una nueva profundización del misterio central que celebrábamos el día de Navidad. Ya pasaron las prisas, las cenas, los preparativos, y estamos en disposición de vivir con más serenidad el nacimiento de Jesucristo.
La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. La Palabra de Dios, el Hijo de Dios, la sabiduría de Dios se hizo carne y sangre humana. Y ese hacerse hombre del Dios infinito necesariamente le limita. No se hace hombre en general, sino hombre concreto, de un país, de un tiempo, de una cultura. Todo ello implica limitación.
A veces se habla de Jesús como hombre perfecto. Pero no hay, no puede haber ningún hombre perfecto. Ni siquiera Jesús. Encarnarse, asumir las circunstancias y una limitación también humana. Si hubiera nacido en otro país, siglos después, habría sido distinto. La consecuencia de esto es que hemos de saber descubrir y contemplar la Palabra de Dios a través de estas circunstancias concretas humanas que asumió Jesús. Dios se da a conocer en la inevitable limitación de un hombre, de su hijo hecho carne concreta.
Quizás en el fondo éste sea el sentido de aquellas misteriosas palabras de Jesús: el padre es mayor que yo.
Dios se encarnó en un hombre concreto y limitado, pero nosotros en ese hombre tenemos la luz, la vida y el camino que nos llevan al conocimiento de Dios.
En el principio ya existía la Palabra y la Palabra era Dios, era vida, era luz. Así, Juan, desde el principio nos dice que Dios no es un solitario, un ser enrocado en su majestad y omnipotencia, sino que es palabra, apertura, revelación, comunicación.
La mayor riqueza de los seres humanos es la comunicación, la capacidad de dar y recibir, de compartir y repartir todo y con todos. Urge recuperar la palabra para que como en el principio sea vida y generadora de vida, sea luz y disipadora de tinieblas, sea veraz y encarnada, auténtico eco de la Palabra de Dios.