VITAL DE ANDRÉS
En mi anterior artículo sobre la cruz acababa diciendo que los espacios públicos no tenían por qué hacer ostentación de este símbolo religioso, ya que éste es un ámbito de toda la sociedad civil, que no necesariamente tiene que ser católica o cristiana en general. ¿Quiere esto decir que toda aquella cruz que asome por cualquier museo o cementerio o monumento o condecoración u organización internacional, como la Cruz Roja, ha de ser erradicada sin más? Esta pregunta me la hacía un buen amigo preocupado por el tema.
Otras personas denunciaban, en alguna tertulia de radio, el tema de los belenes en centros de enseñanza o decoraciones de Navidad en las calles o procesiones de Semana Santa como un peligro de adoctrinamiento religioso que habría de prohibirse. Yo creo que el sentido común sabe diferenciar en estos casos lo que es patrimonio histórico-cultural de una nación y lo que es ostentosamente adoctrinamiento religioso. Dieciocho siglos de historia cristiana en España no desaparecen de la noche a la mañana por decreto. Montar un belén en un instituto por estas fechas se puede comprender perfectamente como un acto cultural, otra cosa sería que mientras la gente contempla el belén un sacerdote católico estuviese aprovechando la ocasión para adoctrinar a la gente con sermones.
La situación es, obviamente, ridícula hoy en día, y este temor a ser adoctrinado no tiene justificación alguna. La gente sabe perfectamente diferenciar lo que es una tradición popular milenaria de un culto religioso enfocado a los fieles. Lo mismo se podría aplicar a las ornamentaciones de las calles. Y, por otro lado, separar la religión del espacio público no tiene por qué llevar a ninguna barbarie iconoclasta de puritanismo laicista. Una sociedad democrática no significa borrón y cuenta nueva de la noche a la mañana sin previa madurez y consentimiento de todos. Sería una locura forzar a la Cruz Roja a quitar la cruz como símbolo por representar, asimismo, una determinada religión. Pero desgraciadamente estas actitudes existen, como también existen espíritus «buenazos» cargados de culpabilidad, que para evitar ofender a la conciencia musulmana hacen lo posible por eliminar motivos artísticos y religiosos que hagan mención a la Reconquista.
Delimitar lo que es patrimonio histórico-cultural y lo que es religioso per se no es tan difícil si existe buena voluntad por parte de todos. Otra cosa es cuando estas cosas se llevan a un terreno político fuertemente ideologizado o sectariamente religioso, entonces lo que es de sentido común pasa, desgraciadamente, a ser un motivo más de conflicto y guerra social abierta. La historia europea está llena de ejemplos sangrientos, y la dura intransigencia de cierto islamismo nos está avisando de que el peligro no ha desaparecido.
Por tanto, pretender seguir manteniendo la confesionalidad católica del Estado me parece tan disparatado como intentar por todos los medios erradicar cualquier expresión pública que haga referencia al cristianismo. No hay por qué repetir esquemas del pasado, y sería muy conveniente, por esta razón, que los políticos evitaran mezclar política con religión en sus actos oficiales. Es cuestión de sensatez democrática y de dejar que el tiempo nos vaya enseñando que las cuestiones de índole religiosa se llevan mucho mejor cuando se desvinculan de esa imposible, como idealista, pretensión de querer que los demás piensen como nosotros.