J. C. GEA
La descompensación es tan inquietante que no acabo de saber interpretarla. Mientras las calles vespertinas están despobladas y sin tono vital, la humanidad se agolpa en el interior de los centros comerciales, como si de repente se hubiese decretado que el híper es el único refugio seguro ante un ataque del género apocalíptico. Una opción es que la gente se encuentre de verdad cómoda esperando con las criaturas su turno para ver cantar villancicos a una coral robótica de renos, o bien haciendo cola con los escasos artículos que aún no guarda en la despensa. La otra es que se haya creado un flujo circular y vicioso entre la calle pavorosamente desierta y la gran superficie aterradoramente superpoblada, de modo que cuanto más desierta está la calle más superpoblada está la gran superficie. O quizás es que se crea un mecanismo de bomba de succión que acaba por hacer el vacío en un lugar a costa de atestar el lleno en otro. Sea como fuere, la tendencia es tan irresistible que quien esto escribe lo hace obviamente porque acabó, sin saber muy bien cómo, en el agujero negro del híper.