J. C. GEA
A pesar de que este oficio tiene tanto de cuentacuentos como de contable, se me pasan las efemérides. Por fortuna hay quien las recuerda, y por eso llevo días con el noble rostro de Camus en la cabeza y su escritura, aún más noble, en la cabecera de las relecturas. De ahí que pida hoy, 50 años y un día después de su muerte, licencia para ampliar el tamaño de lo que cabe en este altillo. Al fin y al cabo, lo universal es aquello que puede ser local en todas partes; y la de Camus es una de las pocas obras de verdad universales que dejó el XX: una que se encarnará en cualquier lector de cualquier lugar y tiempo siempre que se requiera -siempre- una defensa del hombre como aquel ser capaz de hacer de su autonomía y su dignidad su sentido, a despecho del sinsentido de la historia y del mundo. «Oh madre, oh tierna, querida niña, más grande que mi tiempo, más grande que la historia que te sometía a ella (?), perdona a tu hijo que huyó de la noche de tu verdad». El hombre que imploró este perdón merece también que se lo pidamos cada vez que nosotros nos alejemos de la suya.