FRANCISCO GARCÍA
Carajo, este niño será escritor», le espetó el hermano Horacio, rector del Colegio de La Salle, a Don Félix, el profesor de Inglés que arreaba sopapos como panes con su mano derecha de mortero. Augusto, a quien los compañeros apodaban «Tito», pretendía ganar un año más el concurso de cuentos del colegio, que se celebraba cada abril para conmemorar al patrón de los frailes del babero. Pero aquella vez, el aprendiz provocó un ácido debate entre los profesores del departamento de Lengua, algunos de los cuales consideraban poco académico, y literariamente inviable, premiar un trabajo que constaba de sólo siete palabras. Durante horas, los profesores discutieron sobre la contingencia temporal y la literatura como paradoja. Tuvo que resolver el voto de calidad del hermano Horacio: «Lo que se pueda decir con cien palabras, se diga con cien; lo que con una, con una. Y siempre mejor quedarse corto que pasarse». El cuento de Tito, finalmente premiado, decía así: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».