J. C. GEA
Hoy las rocas de turrón que se amontona en la bandeja son ya ruinas, y polvo los polvorones -pura arqueología barroca con un lema sobre la fugacidad del tiempo-, y lo que se alentaba como exceso bendecido por la fiesta es expolio que hay que perpetrar con la luz de la cocina apagada. Los camiones de recogida han limpiado lo más gordo de la masacre, pero siempre quedan restos difíciles de eliminar: confeti adherido por la lluvia a la grasa del asfalto que, como nieve sucia, ya ha cambiado su mensaje de tontiloco dispendio por un gruñido de denuncia sobre una deficiente higiene municipal que sólo escuchan los zapatos. En casa, los críos emplean la víspera del regreso al redil descubriendo los puntos de fractura de sus juguetes y las grietas por donde el hastío se las apaña también para brotar desde las videoconsolas y los MP4. La única abundancia previsible es la de ensaladas y el árbol desmochado vuelve al trastero, pero no sirve para leña. A medianoche alguien apagó las luces de bajo consumo sobre un país exhausto. Ahora es cuando hace falta desear, de corazón, felicidad.