J. C. GEA
En días como estos, en los que el temporal apaga el cielo y el vendaval y la lluvia helada te asaltan con violencia en cada esquina, no puedo evitar sentirme una especie de sociópata sadomasoquista. Lo confieso: amo este tiempo; me encanta salir al Muro para ser zarandeado por la galerna y sentir cómo el frío húmedo me cruza la cara y se me cuela por los pocos huecos que le tolero, mientras veo los nubarrones formarse y desflecarse frente a la costa. Encuentro bellísimos todos los grises de la borrasca y el tableteo del granizo sobre la lona del paraguas. No sé si todo esto tendrá que ver con una herencia de lo sublime romántico o simplemente con el aturdimiento más animal de las sensaciones. Y sin embargo, a pesar de que todo esto me subyugue, soy consciente de que esta belleza tiene un precio que se abona siempre con el perjuicio de muchos. Así que, más que un romántico que canta himnos bajo la tempestad e invita a arrojarse a sus turbulencias, acabo siendo un ilustrado chorreante y culpable que confiesa, de vuelta a casa, sus vicios privados.