FRANCISCO GARCÍA
La otra mañana, en el Dindurra, me presentaron a un «broker» encorbatado al que le emergen bolsas bajo los párpados desde el hundimiento del mercado de valores que cotizan a la baja. Si la cara es el espejo del alma, los bolsas oculares ejercen de fotocopia del estado de ánimo de aquellos que pretenden pescar en las aguas turbias del río revuelto bursátil: quisieron ser tiburones y se han quedado en jureles. El personaje en cuestión, que hace unos meses ojeaba el Ibex con ojos de lince, tras ver caer sus mejores acciones relee ahora las páginas salmón con mirada de besugo o de carnero degollado. Cuando la vida le soplaba viento en popa presumía de ojo de buey y se le iba la vista a la eslora de los barcos del Puerto Deportivo. Desde que la economía se mueve en el ojo del huracán, la información económica ha dejado de ser su ojito derecho: ahora sólo se detiene en las esquelas. ¿Cómo no le van a quedar al pobre hombre los ojos a la funerala?