María IGLESIAS
No hace demasiado tiempo, año y medio aproximadamente, que un joven pintor gijonés, Marcos Tamargo, trasladó su residencia al barrio neoyorquino de Queens. Lo suficiente, sin embargo, para que su obra y su trayectoria vital evolucionen a ritmo de vértigo. Paisajes desérticos sobre estructuras fantasmales que incorporan elementos de trabajo, como la madera, el petróleo o el carbón han sido la base sobre la que Tamargo ha creado su última serie pictórica, «Rust belt» (Cinturón de óxido), alegoría de los restos del carbón, desechos de una tradición industrial que marcó territorios aparentemente tan lejanos como el norte de Nueva York y Asturias.
«Mi estilo siempre ha sido muy personal, y qué hay más personal que donde te criaste y donde vives», aclara este joven de 27 años. Entusiasmado con el espíritu cosmopolita de Nueva York -«es un frenesí continuo, pero luego engancha»-, Tamargo acaba de aterrizar en Gijón, donde permanecerá cuatro meses. «Es bueno que te conozcan en tu tierra; además la obra incorpora también elementos asturianos», explica.
«Pinto cosas que no son demasiado agradables en la vida y trato de transformarlas en algo bonito. Antes era más figurativo y ahora me inclino por el abstracto realismo, pero incorporando elementos sobre los que trabajo», explica el artista, que confiesa echar de menos en Norteamérica «a mi familia, mi estudio y mi pueblo».
Tras presentar una exposición individual en Manhattan y otra colectiva en Toronto (en las que ha vendido ocho cuadros), Tamargo es cada vez más consciente de la evidencia de que en Nueva York «se invierte más en arte». «Allí un chaval de 20 años tiene 100 dólares y los invierte en un boceto, en lugar de salir el fin de semana; aquí en nuestro país los compradores son personas mayores», añade. El joven artista espera que esta tendencia cambie con la Laboral y el Niemeyer: «Asturias se va a convertir en un referente cultural, al menos tengo esa esperanza», asegura.
Amigo del conocido pintor asturiano Hugo Fontela, el gijonés considera que «en Asturias hay muchos valores y mucho talento; pero el que algo quiere, algo le cuesta y siempre necesitas que alguien te eche una mano», reconoce.
Como proyectos de futuro, Marcos Tamargo prevé continuar con su serie industrial, y también colaborar con un fotógrafo madrileño para realizar una serie artística sobre las azoteas de Nueva York. «Pero no el Nueva York de los rascacielos, sino el de la lejanía de las chimeneas y las casas, el de los tejados de Brooklyn o Queens», aclara.
Volviendo a su obra pictórica, el artista asegura que «los cielos de Asturias y del norte de Nueva York son diferentes; también la suciedad es distinta, allí hay más polución». Cuenta Tamargo que para la gestación de este trabajo viajó, cámara en mano, por Ohio, Cleveland y Detroit. En Asturias visitó el entorno de la ría de Avilés, Ensidesa, El Musel y la zona de los astilleros.
Algunos de estos cuadros se pueden contemplar en Gijón en la galería Tioda, junto a algunas obras de Hugo Fontela. «Juego con todo, pero depende de la situación. Ahora estoy más metido en formatos más grandes, aunque también hago modelos más pequeños en papel y acuarela», explica.
-¿Qué es Nueva York para usted?
-Es como si la gente de todo el mundo se hubiera mudado a una isla más pequeña, cambias de calle y cambias de país, aprendes de todas las culturas y gastronomías. Como sushi dos veces por semana; jamás lo hubiera pensado. (Risas)
-¿Cómo percibió el cambio de Gijón a Queens?
-Al principio me sobrepasaba, pero luego engancha. Es genial toda la oferta que hay. Lo que más me gusta es pasear y ver galerías. Es la única ciudad del mundo en la que cada día puedes hacer cosas extraordinarias, como decía Woody Allen.
-¿Vive de la pintura?
-Al principio pensaba que no, pero cada vez tengo más esperanzas. En seis meses tuve diez trabajos diferentes. Vendí paraguas y pinté bocetos en el metro.