J. C. GEA
Mi cuñada tiene un montón de trabajo pendiente, como casi todos después del parón navideño, y además le ha aparecido una gotera en casa. Nada importante, sobre todo si le coge a uno en el propio domicilio. Pero el caso es que le ha cogido a varios cientos de kilómetros de él: el frente polar abre y cierra el Huerna con puñados de nieve como un crío aburrido, y la familia no se atreve a emprender el regreso. Así que, mientras intenta no pensar en lo que la gota pueda estar haciendo con su estucado y en los papeles que se acumulan como copos en las laderas, recuerda los inviernos de su infancia, cuando Asturias entera echaba el cierre cada vez que caía una buena nevada, y se pregunta cómo es posible que tantos años después las puertas de la región queden atoradas en los días bordes de invierno. Quizás haya que aceptar que la naturaleza sigue teniendo la última palabra o irritarse porque la inepcia humana acaba concediéndole aún más poder del que ya tiene. Pero le reconozco que nada que aprisione la voluntad es aceptable. Ni siquiera una prórroga de vacaciones.