Eloy MÉNDEZ
La parroquia de Roces se prepara para la mayor revolución urbanística de su historia. Situado en el límite entre el campo y la ciudad, este enclave dividido desde hace años por la autovía A-8 y por dos importantes polígonos industriales, recibirá dentro de unos meses a los primeros vecinos de las cuatro mil viviendas que compondrán la futura área residencial de la zona. Una transformación que afectará a los servicios y la configuración de todo el barrio y que preocupa especialmente a los pocos habitantes que resisten en el ámbito rural.
«Seguiremos peleando para que se respete a la gente que hemos decidido vivir en una casería», asegura María Elena Medina, presidenta de la Asociación de Vecinos «San Julián» de Roces, que engloba a los propietarios de viviendas unifamiliares que no se han visto afectados por la expansión urbana. Una lucha que se remonta años atrás y que ahora tiene como principal caballo de batalla su oposición a la construcción de dos grandes torres de cien metros en la nueva área residencial. «Nuestra posición es la más débil, porque no tenemos los beneficios que tiene la gente de la ciudad, pero en realidad tampoco disfrutamos ya del campo», prosigue Medina, que desde hace mucho tiempo pide al Ayuntamiento que frene su política de expropiaciones en la zona y la sustituya «por otra de diálogo con los dueños de las fincas» donde se construirán nuevos edificios.
De todas formas, Roces ha perdido ya casi por completo su identidad rural. El barrio de Montevil, donde en la actualidad viven unos siete mil gijoneses, pertenecía originariamente a la parroquia, aunque en la actualidad ha adquirido una autonomía propia y nada tiene que ver con su pasado. Una situación que se puede repetir ahora con el área residencial en construcción. «Está claro que vamos a vivir unos de espaldas a los otros; se llamará Roces, pero no tendrá nada que ver con lo nuestro», sostiene Medina, convencida de que «seremos una isla entre dos ciudades».
De hecho, la primera dentellada urbana a las praderas de la parroquia se la dio, a principios de la década de los años 50, el poblado de Nuestra Señora de Covadonga: varios edificios de escasa altura y formas simétricas ocupados por obreros procedentes de diversas partes de Asturias que llegaron a Gijón para trabajar en las fábricas de la ciudad. También en este Roces «de toda la vida» se preparan para recibir a las miles de familias que ocuparán las viviendas situadas al otro lado de la ronda. Aunque, en este caso, lo harán con los brazos abiertos.
«Estamos muy contentos con que el barrio crezca, porque eso dinamiza la zona y trae nuevos servicios», apunta Aurelio Rodríguez, presidente del colectivo vecinal. Y es que en esta parte de Roces saben desde hace mucho tiempo lo que es formar parte de la urbe, aunque hasta hace bien poco no estuvieron unidos al resto del entramado urbano a través de calles y equipamientos. «Ellos dicen barrio, nosotros parroquia», apuntan los vecinos de la zona rural, para remarcar las diferentes concepciones que, sobre la zona, tienen unos y otros residentes.
Por todo ello, Roces se convertirá en poco tiempo en un barrio atípico, único en la ciudad. En un mismo espacio, o por lo menos en un espacio con el mismo nombre, coexistirán realidades sociales muy distintas. Por un parte, los defensores de la vida tradicional en la parroquia, que conservarán la iglesia y mantendrán a su asociación dentro de la Federación «Les Caseríes». En segundo lugar, los residentes en el poblado, con representantes de tres generaciones y que cuentan con el instituto, el colegio público, los equipamientos municipales más relevantes y un colectivo vecinal integrado en la Federación de la zona urbana. Y, por último, los moradores de los pisos del área residencial -la mayoría de protección oficial-, que serán los primeros gijoneses en ocupar bloques de edificios en la vertiente sur de la A-8. Todos ellos tendrán que aprender a convivir juntos, pero no revueltos.