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El Dindurra, teatro y señor (y II)

Manuel Sánchez Dindurra fue uno de los más ilustres «habaneros» que dio Gijón

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El Dindurra, teatro y señor (y II)
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FRANCISCO PRENDES QUIRÓS Me dicen que sin solemnidad ni boato; pero seguro de que ante la justificada expectación de sus habituales, se reabren el próximo viernes las puertas del Jovellanos, casi, casi en el mismo lugar en que pusiera las suyas, en julio de 1899, Manuel Sánchez Dindurra, su «creador», personaje que fue uno de los más ilustres y aprovechados «habaneros» que dio nuestra villa.

Don Manuel había nacido en Gijón en 1859, y cuando apenas contaba 40 años de edad, inauguraba, con tan sólo diez meses de obras y con apenas sus propios medios, su más que hermoso y monumental teatro en el paseo de Begoña, o de Alfonso XII, como se llamaba entonces: «Si exteriormente es muy bonito, el interior es magnífico sobre toda ponderación», resumía, admirado, un cronista del acontecimiento.

En el mismo solar, seis años antes, ya había explotado don Manuel, aunque a nivel de digna humildad, el teatro Cómico, desde el que introdujo en Gijón la novedad del «teatro por horas» (funciones de una sola hora). Fórmula teatral que tanta aceptación, y tanta recaudación, consiguió en las siguientes temporadas de verano.

Pero el teatro que estaba a punto de inaugurarse al mismo tiempo que abría sus puertas la Gran Exposición Regional, cita magna del Gijón que estaba a punto de vivir el momento de su mayor resurgimiento, superaba todo lo que la villa había podido esperar de su empresario milagroso.

Construcción, toros, espectáculos de toda clase, nada era ajeno a la actividad del señor Dindurra. «Manolito», para unos; «Boroñero», para otros, y el «Bandurria» para no pocos. «En todos los campos vence el tesón, la gracia y la actividad imponderable de Dindurra», afirmaba admirado del teatro el señor Belaúnde, que poco después haría nacer otro gran milagro gijonés, el Crédito Industrial, al que también dotó de noble edificio, hoy en incompleta rehabilitación. Iniciativa ésta a la que la gran crisis económica que sobrevino a partir del año 1904 cortó las alas, y por la que cambió de manos la propiedad inmobiliaria de medio Gijón, justo cuando estaba a punto de llegar la bonanza minera e industrial, propiciada por nuestra neutralidad en la Gran Guerra.

«En el corto espacio de tiempo en que concluyó su obra, demostró que aquí, en la "tierruca", todavía hay gentes activas y emprendedoras capaces de convertir Gijón en un pequeño Londres», sentenció «El Comercio» cuatro días después de la inauguración del local, retraso con que el rotativo tradicional demostraba al mundo que no tenía precisamente al señor Dindurra entre los santos de su devoción, porque el «Boroñero», a pesar de sus millones y de sus éxitos, nunca fue admitido en el reducido círculo de los «gijoneses de toda la vida», a pesar de haber sido bautizado en las aguas de San Pedro.

Es necesario recalcar, para ejemplo de los tiempos venideros, y particularmente de los actuales, donde nadie da un paso sin que el zapatero le subvencione el zapato, que el señor Dindurra, sin sociedad ni ayudas, contando sólo con su carácter y medios, acababa de levantar para Gijón un coliseo monumental que en nada desmerecía al lado del Campoamor de Oviedo.

La amplitud y la riqueza de la sala fue uno de los constantes comentarios de los admirados espectadores el día de su inauguración. Sobre el patio de butacas se levantaban cinco pisos, que se denominaban platea, entresuelo, principal, segundo y galería, perfectamente dispuestos en semicírculo. Las butacas, más de 450 en el patio, según los entendidos, eran «cómodas y lujosas como hasta ahora no se habían visto aquí en ningún teatro».

«La platea, el entresuelo y el principal -seguía describiendo el cronista-, se dividían en bolsas proscenios, palcos y butacas de anfiteatro. A cada lado de estos tres pisos, cuatro bolsas que por su amplitud parecen elegantísimos salones, y cuatro palcos algo más reducidos que las bolsas. Su capacidad, casi llegaba a las dos mil personas»... Y para rematar tal obra... ¡sólo diez meses de trabajo!

La verdad es que el señor Dindurra no reparó en gastos, ni escatimó en los medios. Buscó el arquitecto más indicado, Marín, y la empresa de construcción de hierro más reconocida, Laviada y Compañía. Para los detalles del coliseo, reclamó la colaboración del escultor José María López, el autor de la estatua de Pelayo, que había acreditado su buen gusto en la decoración de todos los locales donde se efectuaron los principales fastos locales; mientras que para las decoraciones de la sala y telón de boca de escenario acudió al mejor de los escenógrafos de entonces, al taller de Amalio Fernández, a cuyos pinceles se debieron las alegorías de la música en el techo y sobre el escenario; la de la comedia, rematada por un jarrón de flores, y unos medallones con los retratos de los románticos Zorrilla y Hartzenbusch.

Toda la obra, así como el gran telón, se reputó de magnífica, «como salida de los talleres del gran escenógrafo Amalio Fernández», formado en la escuela parisina y que por aquellos finales del siglo XIX triunfaba clamorosamente en el Madrid grande y chico, «pintando decoraciones / es un artista de veras / ¡Cuántas obritas ligeras / se salvaron con sus telones!», cantaban los admiradores de su ingenio.

No menos admiración causó el escenario entre los entendidos, con sus 29 metros de ancho y 11 de fondo, con salidas a las calles de la Magdalena (Casimiro Velasco) y Covadonga: «Construido a la moderna con todas las condiciones de comodidad y seguridad», desde el que, corriendo el tiempo, se escucharon todas las voces que en Gijón importaron, desde la de Miguel de Unamuno a la de Miguel Fleta...

En la gran sala de Dindurra se vitoreó a los Reyes, y el 14 de abril se preparó la proclamación de la II República.

El Gijón biempensante admiró, tanto como temió, las ocurrencias e iniciativas del señor Dindurra. Era fama que donde entraba no salía sin haber exprimido el último céntimo de la última peseta. Por ello fue rico, temido y poderoso. Durante muchos años, todas las diversiones del verano gijonés estuvieron en sus manos. Su vida y milagros bien merecen una historia completa...

Algunos bocetos íntimos nos dejó en sus cortas memorias (1892-1893) su primo Genaro Palacio Dindurra. Quizás en este momento en que revive en el remozado Jovellanos el recuerdo de don Manuel fuera el momento ideal para darlas a conocer. Al fin y al cabo, son cien bonitas estampas del Gijón pequeño, pero, como el teatro de Dindurra, lleno de ambición, sueños y actividad.

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