J. C. GEA
Para qué andar devanándose los sesos urdiendo programaciones, redactando discursos museográficos, arriesgando didácticas: lo que de verdad nos interesa, aparte del balompié y la Fórmula Alonso, los «reality» de cualquier especie y el sexo en cualquier formato, en directo o diferido, son los monstruos. La exposición temporal más visitada de la región el pasado año, que acaba de cerrar sus puertas en la Antigua Rula, ofrecía eso: abominaciones, leviatanes, cosas gigantes y criaturas deformes salidas de las aguas que, precisamente por ser así de feas, nos han subyugado. Si los gestores culturales, directores de museo y responsables de galerías privadas palidecen de envidia ante las cifras de visitantes que no cosechan sus cuadros, sus esculturas, sus instalaciones o sus videojuegos, ya saben: a poner a sus comisarios a cazar monstruos de tierra adentro, aéreos, subterráneos, extraterrestres o de ultratumba para anotarse el próximo récord y justificar así ante la autoridad competente una modesta subida del presupuesto en mitad de este ataque de monstruosas vacas flacas.