MARIANO LÓPEZ SANTIAGO
El próximo sábado se inaugura la temporada teatral en el remodelado teatro Jovellanos de Gijón después de ocho meses inactivo y realizándose una serie de obras que a buen seguro mejorarán su calidad en todos los aspectos.
Los amantes de la escena teatral, me confieso, sentimos una especial emoción por acudir de nuevo a nuestro acogedor recinto. Cierto es que durante este tiempo se han producido representaciones, en el teatro de la Universidad Laboral, algunas muy plausibles, recordemos «Urtain».
Hay para mí un elemento decisivo, las dimensiones de los recintos teatrales. Bien es verdad que, en sus inicios grecolatinos, el teatro ofrecía espectáculos en espacios abiertos y de gran magnitud, evocamos el teatro más hermoso de la antigua Grecia, el de Epidauro, o el teatro romano de Ostia, en la actualidad tienen admirada réplica en las representaciones que se ofrecen en el teatro romano de Mérida.
Confieso, con nostalgia, que añoro los teatros madrileños de dimensiones reducidas: teatro Infanta Beatriz, teatro Infanta Isabel, teatro Lara... Recuerdo que a éste se le conocía cariñosamente con la denominación de «la Bombonera». Aquí, en un ambiente acogedor, confortable, emotivo en una palabra, se ofrecía en todo su esplendor esa relación básica y necesaria en el teatro, que decía Grotowski «lo que ocurre entre el actor y el espectador».
La nueva temporada de nuestro teatro Jovellanos comprende lógicamente otros espectáculos adecuados y convenientes para una programación completa; pero el teatro, a pesar de la competencia de la televisión, del cine, la ópera, ballet y otros espectáculos musicales, siempre perdurará triunfante.
Muchas definiciones se han ofrecido del teatro. Me ha resultado especialmente grata la reciente del novelista Luis Landero, en su obra «Hoy, Júpiter»: «Teatro, ese artificio maravilloso, donde todas las artes, la poesía, la pintura, la música, la danza, el color, la voz, el gesto, se juntan y armonizan para mostrar la vida en toda su mágica complejidad».