J. C. GEA
No sé si a un Aurelio Suárez centenario le hubiera hecho mucha gracia ver una institución pública organizando algún acto con motivo de su centésimo cumpleaños, tal día como hoy. Me imagino que no. Sus razones -seguramente muchas de ellas sensatas- tendría el hombre para rehuir los focos, la fama y la cosa pública en cualquiera de sus acepciones. Pero el hecho es que Aurelio hace casi siete años que ya no está entre nosotros y que en ese tiempo hemos constatado que fue un artista excepcional; uno de esos cuya obra argumenta enérgicamente contra las reticencias y aprensiones de su autor. Aurelio pudo ser elusivo, pero su obra merece sin duda ser exhibida de la mejor manera posible. También es un hecho que, incluso si hubiera sobrevivido hasta su centenario, el pintor comprobaría hoy con alivio que ninguna autoridad le encargó tarta de cumpleaños y que ninguno de sus convecinos puede salir corriendo a ningún punto de su ciudad para celebrar la efeméride encarándose con una obra del esquivo maestro. Y esto, creo, sí le hubiera hecho mucha gracia.