FRANCISCO GARCÍA
Sabido es que San Pedro ejerce de guardián del extenso territorio de lo eterno, así que a nadie extrañe que parejas a decenas hagan cola a las puertas de la iglesia que gobierna Javier Gómez Cuesta con la idea de que el portero les otorgue fecha para bendecir la edificación, a los pies del pedrero, del castillo del amor de por vida, en ocasiones castillo de naipes que se derriba de un soplido. Ningún recinto sacro más idóneo en Gijón que la parroquial de San Pedro para atar con llave las esposas de los nobles desposorios. Nadie sabe cuánto dura la eternidad amorosa: en ocasiones, unos pocos meses. En ese caso, menester es encontrar un buen cerrajero que deshaga el entuerto marital, que el contrato de arras que ata San Pedro en la salud y en la enfermedad, en el apogeo y en la recesión, no lo anula ni el Supremo Tribunal. Pasar por la vicaría va dejando, lamentablemente, de estar de moda. A estas alturas, algunos se casan por la Iglesia, otros por el Juzgado, y la mayoría por idiotas.