J. C. GEA
El Jovellanos renace esta noche bajo la advocación del doctor Fausto. O más bien, bajo la de Mefistófeles. El diablo es quien acaba por llevarse el gato al agua y el alma a los infiernos en la versión de Christopher Marlowe que estrena para la ocasión una inteligentemente osada compañía de la casa, Higiénico Papel. No crujirán las butacas, no se adormecerán las posaderas, no rechinarán las riñonadas, no se desollarán las rodillas ni se desgarrarán las medias y, por tanto, tardaremos un poco en sentirnos como en el viejo Jovellanos, pero será para bien. El Mefistófeles de lo público, el único capaz de garantizar hoy la inmortalidad de un pluscuamcentenario, se ha encargado de reverdecer su lozanía, y el Jovellanos reabre tan pimpante como si hubiera pagado por unos apaños plásticos en su vecino Arango, pero, no con su alma, sino con la de los que nos sentaremos en sus inmaculadas butacas; así que los que comprometemos en el pacto nuestra inmortal alma impositiva esperamos que el Jovellanos dedique su prórroga a compensarnos con muchas y exquisitas atenciones.