J. C. GEA
En esta civilización aquejada de la querencia del diez, sus múltiplos y sus fracciones, cada vez que algo, para bien o para mal, rebasa la década, la centena, el lustro, el quinquenio, el milenio, y así, suena algún tipo de campana. Sin embargo, no sonó campana alguna en las torres de la villa en el no precisado momento del mes pasado en el que la población del concejo cruzó la raya de los 280.000 habitantes. A falta de confirmación definitiva de la autoridad estadística competente, la tocamos ahora con tañido de día feriado. Salvo que se sea un misántropo, un xenófobo, un oclófobo que no tolera las multitudes, o haya carestía grave, una ciudad siempre se enorgullece de su crecimiento y engorde y recibe como una riqueza a sus nuevos vecinos. Si además hay ciudad rival y ésta ha crecido menos, siempre se puede sacar pecho por ser más fértiles o más atractivos, o ambas. Pero una vez tañida la campana, hay que olvidarse de estas manías decimales y volver a pensar en los términos en los que hay que pensar hoy las cosas: a escala de miles de millones.