FRANCISCO GARCÍA
Los caminos de Michu y del Sporting se han separado para siempre. Lo cierto es que nunca pareció seguro que la senda del jugador, oviedista acérrimo, culminara a la salida de la «Y», a la autopista que ponía ante sus botas, como una alfombra roja, el principal club asturiano de fútbol. Habrá lecturas para todos los gustos de la negativa del chaval a enfundarse la camisola rojiblanca que desde niño le enseñaron a odiar (tanto como enseñan a odiar el azul carbayón en esta ciudad). Para algunos, para los de allá, Michu se iba a convertir en un condotiero, en un soldado al mejor postor que no duda en pasarse al enemigo si la soldada es abundante. Para los de acá siempre sería un jugador bajo sospecha, siempre en el punto de mira de la ira de la grada: el pasado siempre vuelve, a restregarnos lo inconfesable. Para unos, un traidor; para los otros, un espía. La reflexión que conviene hoy hacer es: ¿merece la pena seguir echando leña a la llama de ese odio visceral? Decididamente, no. El fútbol no es la guerra por otros medios.