JOSÉ A. SAMANIEGO
Amigos hay que tener para que cuiden tu memoria. Javier Medina Díaz murió de infarto el miércoles 27 de agosto de 2008, a los 62 años de edad. Al día siguiente escribió una nota Alfonso Peláez (LNE 28/08/2008) hablando de las compras que algún sábado hacía el abogado en la droguería y de los saludos de todas las mañanas camino de su despacho en la calle Los Moros. Pergeña también Alfonso otros detalles de su vida, como los estudios en el Colegio la Inmaculada, promoción 63, y la carrera en Oviedo y Cimadevilla, bajo don Fermín.
Ha transcurrido poco más de un año y tenemos en el Barjola una muestra de sus múltiples actividades. En el catálogo editado por Trea, el comisario Carlos José Martínez Fernández subraya que «este libro ha sido posible gracias a la generosidad y trabajo de Viola de Medina, Vicente Díez Faixat y Rubén Paniceres».
Sus amigos abogados le recuerdan como gran profesional, siempre atento y amable, entregado a las necesidades de sus clientes, colaborador infatigable en el aula de práctica jurídica al servicio de la formación de nuevos profesionales. Pero además de abogado fue escritor, fotógrafo, cineasta, conferenciante, etcétera. Y nadie le dijo aquello de zapatero a tus zapatos, nadie le recriminó su dedicación a varias profesiones, por así decir. Se expresaba a través del arte y por ahí fue cumpliendo los objetivos y metas de su verdadera profesión, que fue «vivir su propia vida, cosa que va mucho más allá de sobrevivir», como dice Antonio Oteiza.
No he tenido la suerte o la ocasión de tratar a Javier Medina. De modo que escribo estas líneas como desde fuera de la partida, desde el exterior y ante los resultados expuestos de sus obras, de su trabajo con el grupo de amigos que se llamaban los cineastas de los domingos. Leo sus escritos en «El Comercio», me paso horas en el Barjola ante sus películas, analizo una y otra vez sus fotografías.
Lo que más me llama la atención como artista de la imagen es la capacidad extraordinaria que tiene para la puesta en escena. Ahí están sus infografías, fotos tratadas a ordenador, manipulando material preparado previamente. Trabajaba de modo incansable sobre ellas, introducía cambios y variantes, de modo que al final obtiene una amplia gama de resultados de cada escena. ¿Cómo leer estas infografías surrealistas? Las hay de composición muy sencilla y las hay más complicadas. El policía a caballo que carga contra los amantes en la habitación abandonada de un piso en obras y obliga a vestirse a la mujer mientras el hombre emprende la fuga tiene dentro de su ironía una lectura fácil. O las acrobacias venéreas que contemplan indiferentes los caballos desde la cerca se dejan leer a través de su composición lineal. (Podemos completarla vistiendo a la chica de la izquierda al estilo sado, con un buen látigo que anime a los actores. Tampoco por eso iban a dejar de rumiar los animales). Pero otras infografías son verdaderamente complejas. Hay muchos personajes en distintos planos y situaciones, de modo que podemos realizar diversas lecturas, siguiendo las imágenes ordenadas a través de meandros azarosos. Y cuando entran obispos y procesiones, coches fúnebres junto a vacas y flamencos, cerdos que visitan a la novia, etcétera, entonces las lecturas que se admiten son aún más variadas. El reto a la fantasía y la participación del espectador están asegurados. De aquí vamos directos al diván del psicoanalista. Por más que todo esté tratado con exquisita delicadeza, pues toda genitalidad explícita arruinaría la orfebrería plateresca de tan lasciva imaginación.
En cuanto al modo de ver la vida de Javier Medina veo que el tema del sexo es omnipresente. Quedará como testigo, uno de los más desenvueltos y populares, de la revolución sexual inherente a la sociedad de consumo que hemos estado viviendo a tope desde hace treinta años. Esta revolución pertenece a la mujer por derecho propio y tal vez por eso Javier Medina cuenta en sus artículos las confidencias que le hacen las mujeres, pero con tal sutileza, con una música tan afinada, que sólo puede explicarse si alguna vez fue mujer el propio escritor, tal vez en una vida anterior... Y sus protagonistas son a menudo mujeres maduras, algunas añosas. El mismo asunto aparece en películas y debates jurídicos. Eso de que el matrimonio está agotado como contrato, pues ni el amor ni el sexo ni la reproducción son ya finalidades que le sean inherentes en exclusiva. Eso de que deberíamos ser libérrimos para casarnos uno con una o cinco con siete? Fantasías argumentales de la sociedad de consumo, excesos libertarios de quien lo tiene en la vida todo resuelto. Volver a la selva pero en la gran manzana, entre el esplendor de la riqueza y los avances tecnológicos. Vivir entre gentes que han olvidado la vida como lucha, todo previsible y asegurado hasta los restos, todo en manos de papá Estado. Testigo quedará Javier Medina de los desvaríos de una civilización enferma de placeres y aburrimientos. Que se lo digan a la gente africana, a los haitianos del terremoto, que se debaten en la eterna pregunta de por qué a mí... Que nos lo cuenten a nosotros mismos dentro de cierto tiempo. Pues estamos no ante el fin del mundo, pero sí ante el fin de un modo de vida que no se sostiene. Curiosamente nos vamos haciendo más buenos y compasivos cuanto más ricos, pero no somos nada conscientes de lo que cuesta nuestra borrachera de derechos a escala planetaria.