J. C. GEA
Llueve y hay que apurar una espera. Entro en una librería, visito una exposición, examino la modernísima pantalla anunciadora del Jovellanos (ni rastro de «No-Do») y acabo concediéndome que lo que de verdad me apetece, como a cualquiera, es una caña. Entro en el primer bar que me topo, inexplicablemente seducido por el anémico fulgor fluorescente que baña cierta recoleta esquina, y obtengo mi caña y mucho más. Junto al pincho de apreciable tortilla y unas crujientes patatas recién fritas, el establecimiento te agasaja con viajes en el tiempo. No es uno de esos bares que han ido momificándose bajo un barniz de mugre a despecho de su televisor de plasma; se diría que la propiedad ha cuidado con mimo arqueológico y sensibilidad museográfica el mobiliario, la decoración, el menaje, me tienta decir, el «atrezzo». Además, la patrona, tras su mandil, es casi tan cordial con el desconocido como con las hijas y nietas con las que conversa mientras desfila una discreta parroquia en la que decido empadronarme. No hay como calmar las melancolías a base de provocarlas.