María IGLESIAS
En Asturias ha tenido «una novia maravillosa, o dos», familia y varias amistades, como la que le une con el director Gonzalo Suárez. Y en Gijón vio por primera vez el mar. Carmelo Gómez, despojado con el paso de los años del papel de galán -«no por guapo, sino por varonil», bromea- presenta mañana en el teatro Jovellanos la adaptación de la película clásica «Días de vino y rosas», junto con Silvia Abascal.
-Presenta en el teatro Jovellanos «Días de vino y rosas». ¿Es uno de los papeles más duros a los que se ha enfrentado?
-Mi tesitura siempre ha sido hacer este tipo de papeles, pero también me gustan las cosas ligeras, los personajes irónicos, aunque no estén bien consideradas por la crítica. Cuando me ofrecieron este papel en «Días de vino y rosas» estuve a punto de decir que no por varias razones: porque es una tragedia y ya estoy un poco cansado, y porque creo que es la mejor película sobre alcoholismo que se ha hecho y era un reto muy duro, sobre todo, con un actor como Jack Lemmon como referente. Pero después me pareció un texto bonito, me interesó, me pareció una historia muy emotiva y potente y no estoy en absoluto arrepentido. Además, creo que no sería lo mismo si no tuviera de compañera a Silvia (Abascal).
-Ésta es una historia que habla de amor y alcoholismo. ¿Dos elementos autodestructivos?
-Ésta es una historia de amor pura y dura. Son dos personas que se quieren y no consiguen estar juntos porque tienen un enemigo muy fuerte que es el alcohol, que es el verdadero protagonista de la obra. Las personas que se pregunten quién es el culpable de que falle la historia de amor y no vean al alcohol como el protagonista, entonces no han entendido nada. El alcohol es una fuerza que lleva al hombre, que lo empuja y que lo despoja de ser dueño de su propio destino.
-Los personajes de este drama pierden su identidad por culpa del alcohol.
-El poder mental del alcohol se vuelve contra ti. Es una enfermedad que es más poderosa que tú. En la obra, los protagonistas no son conscientes de su problema hasta que ya es irrecuperable. En este caso, uno opta por la vía de la recuperación y el otro sigue su camino. Por eso creo que es más una tragedia que un drama porque los personajes no tienen dominio sobre sí mismos. El alcohol es el que mueve sus hilos.
-¿Cuánto tiene su personaje del original de Jack Lemmon?
-Vi la película cuando era pequeño y me conmocionó. Cuando acepté el papel no me atreví a volver a verla porque la sombra de Jack Lemmon es alargada, quería hacer un papel propio y no contagiarme de su gestualidad.
-¿El secreto de «Días de vino y rosas» es que su temática sigue vigente?
-Es uno de los grandes clásicos porque, desde que el hombre es hombre, el alcohol ha estado presente en nuestras vidas porque da ganas de vivir, es efusivo, porque celebramos las buenas noticias y ahogamos nuestras penas con alcohol etcétera. Siempre se ha tenido miedo a tratarlo directamente y a mirar el problema a la cara. Cuando fuimos a Alcohólicos Anónimos nos explicaron lo difícil que es para ellos salir a la calle cuando se tiene el bicho dentro porque todo es un reclamo permanente.
-¿Los alcohólicos están mal vistos?
-Los alcohólicos son muy divertidos cuando beben porque dicen tonterías y se convierten en los bufones de la fiesta, pero cuando empiezan a molestar los dejamos a un lado y los llamamos «borrachos». Jugamos con esa doble moral y creo que hay que tomarse el tema más en serio. Somos un país en el que lo mejor de cada zona siempre está relacionado con un dulce o con una bebida (el orujo de no se dónde, el vino de más allá, la leche con coñac para curar un catarro...), pero es una enfermedad a la que no nos hemos enfrentado. Somos así de frescos.
-¿La sensación del público al abandonar la sala es de haber visto una historia real o teatro?
-Las dos cosas. Nos dicen de todo. La función del teatro es apuntar a la realidad, pero sin explicarla. Con esto no quiero decir que nuestra obra sea metafórica, ni mucho menos, sino que el público está viviendo un acontecimiento real, que le suena, pero de una manera muy descarnada.
-Dice en su blog: «El teatro tiene un vértigo que no cambio por nada».
-El teatro es la razón de ser del actor. El teatro es la palabra, la expresión total donde nadie te manipula porque todo en sí, el espacio, los gestos, crean sensaciones. En el teatro el público participa en la homilía tanto como el actor (menos cuando tosen y suena el móvil), pero están comulgando con el mismo hecho. Eso no sucederá nunca en el cine.
-¿Ha descubierto en internet una nueva forma de expresión?
-Sólo lamento el no poder actualizarlo más a menudo. Tengo papelitos por cada esquina con ideas para desarrollar y no encuentro la manera. El blog es un buen espacio para decir lo que piensas porque hay cosas que no puedes contar en los medios de comunicación, e internet es una buena plataforma. Es un medio muy vivo y con grandes posibilidades, si lo utilizamos bien, para bien, y si lo utilizamos mal, para mal, como la televisión.
-¿Qué le ocurre a la televisión?
-Lo tiene todo para ser feliz, pero se empeña en darnos una carnaza espantosa. En la televisión la audiencia manda y se olvidan de la minoría, y no creo que la tele esté próxima a la democracia. Tratan temas pedantes, absurdos y ridículos y creo que por culpa de esos programas un sector de la población se está deteriorando intelectualmente y una serie de valores que eran necesarios están en crisis. Se ha olvidado el papel de la familia como reductor de unión y de sustento. En casa se está haciendo mucho daño simplemente por vagancia o por dejadez.
«La sombra de Jack Lemmon es alargada y al interpretar esta obra quería ser yo mismo»