FRANCISCO PRENDES QUIRÓS
Con suficiente tiempo, para que no ocurra lo que «por las premuras» ocurrió con alguno de los fastos del primer centenario (del retorno y muerte de Jovellanos), que organizara el Instituto de Jovellanos, nuestra prudente y previsora alcaldesa, que -si su voluntad fuera- bien podría perpetuarse en el sillón curul, tal es el beneplácito que obtiene su gestión de la ciudadanía para parda desesperación de alguna aspiranta menos popular, convocó días pasados a nutrida representación de entidades y particulares para preparar los fastos del segundo centenario del prócer, que ha de celebrarse en el próximo 2011.
Por las noticias, desde las primeras palabras pronunciadas en el cónclave, ya se perfilaron útiles iniciativas destinadas a resaltar la figura y nombre de quien, «desde el mismo día de su nacimiento», fue faro, y aún es, estrella guía de nuestra villa.
Desde la aportación de un ciclo de conferencias, como el sobresaliente que ya realizara entre agosto y noviembre de 1911 el Ateneo Casino Obrero, aunque en esta ocasión no puedan volver a escucharse las sabias palabras de Azcárate, González Blanco o Adellac, a la novedosa celebración de una olimpiada de filosofía, contando con la segura culminación de la magna edición de su obra completa, trabajo iniciado hace décadas y que en su día fue el sueño imposible del gran Canella; más una exposición, un vídeo... y la celebración de un congreso internacional, muchas y brillantes han sido las aportaciones, que hacen pensar fundadamente que el 2011 será en Gijón, y... posiblemente en toda Asturias y Baleares, el año de Jovellanos, y de muchas cosas más que, por prudencia, me callo.
Los responsables, aunque ausente la representación de la música local, no deben olvidar, por ser de rúbrica, y aún hay tiempo suficiente, encargar a compositor de reconocido mérito una cantata.
Una cantata cuyo antecedente primero encontramos en la que, en 1891, para las fiestas de la «Estatua», se encargó al gran Arrieta; y el segundo, en la que para el centenario se pidió al no menos notable Bretón.
Junto a la música, la imprescindible medalla conmemorativa. La responsabilidad de buscar al artista grabador la encomendó la comisión de 1911 -que presidió el filántropo, presidente del Centro Asturiano y ex alcalde Donato Argüelles-, al joyero Joaquín Ferreiró, que tenía instalado su rico comercio en la misma calle de los Moros, casi justo frente por frente al edificio que, también para joyería, acaba de rematar (muy cerca del galantemente desplomado hace escasos días), sostenida por el pensamiento de Einstein de que «de las crisis nace la inventiva», Marta Ortiz, en quien el comité actual, dado su reconocido gusto, bien podría depositar su confianza con el mismo fin.
Y en el programa de actos y reconocimientos entiendo que no debería faltar la repetición de la excursión marítima gijonesa a Puerto de Vega, en conmemoración de la emprendida el domingo 30 de julio de 1911, bajo la guía de Pachín de Melás y que regresó a nuestro muelle con la cama en que expiró Jovino, rematando el homenaje a los portoveguenses que tan generosamente acogieron a Jovellanos y resto de gijoneses huidos del francés, a la arribada del bergantín «Volante», acordando el bautizo de una de nuestras calles con el nombre de la villa marinera en la que el ilustre Jovellanos descansó para siempre del peso de su desdichada vida, tan castigada por las incomprensiones del trono y del altar...
La que, por desgracia, no podrá repetirse será la espléndida expedición que para los fastos del centenario envió, a instancias de «La Chistera», el Centro Asturiano de la Habana presidida por el potentado Ramón Pérez, que durante su estancia derramó sobre Gijón bienes como del cuerno de su abundancia.
En el año jovellanista no debería faltar tampoco un acuerdo plenario extraordinario de nuestro Ayuntamiento por el que se reconociese a don Gaspar como Regidor Perpetuo de la Villa y Puerto de Gijón.
Precedente existe, que rigiendo la villa el enérgico y eficaz alcalde que fue José García Bernardo y de la Sala, en sesión del Ayuntamiento Pleno celebrada el 15 de mayo de 1951, propuso a la Corporación, y ésta así lo acordó por unanimidad, «el nombramiento y designación de la Santísima Virgen de Covadonga como Regidora Perpetua de Gijón»? y no por su probada intercesión en el triunfo del señor Pelayo sobre la morisma en la batalla de Covadonga, sino «por el maravilloso espectáculo que hemos presenciado en estos días en Gijón, con ocasión de la solemne visita (en imagen, por supuesto) de la Santísima Virgen de Covadonga a nuestra villa».
Después de doscientos cincuenta años, el nombre y recuerdo de Jovellanos sigue siendo maravilloso espectáculo y edificante ejemplo que Gijón ofrece al mundo cada día. Todo en Gijón lo evoca... Instituto, Escuela, comercios, calles, plazas y hoteles se honran llevando su nombre.
El ejemplar Magistrado ha recibido todos los honores y todos las reconocimientos posibles de la villa y de los gijoneses: los carlistas lo hicieron suyo; los masones, hermano; los republicanos veneran su virtud cívica y lo reconocen como impulsor, en su Instituto, de la enseñanza útil y laica. En los tiempos actuales, los litúrgicos de su Foro han hecho de él santo, seña y razón de existencia; el senado de las personas mayores, pendón de su Ateneo viajero... Y, por si fuera poco, a la espalda de su estatua tiene su peluquería para, cumpliendo la orden de Aranda, cuidar y «rizar su melena en la espalda, como a los ministros del Parlamento de París»... Tan sólo le resta al prócer el supremo reconocimiento de Regidor Perpetuo...
La extraordinaria veneración de su recuerdo puede compararse sin menoscabo del debido respeto con el ofrecido a la Regidora... y, además, cuenta a favor de don Gaspar haber sido bautizado en la pila de San Pedro el 6 de enero de 1744.