J. C. GEA
Ya saben los que frecuentan este altillo que la esfera del balompié me resulta a menudo tan ajena como la del planeta Plutón; o más, porque Plutón esta bendecido por la paz de los mundos deshabitados. No he seguido en exceso el «caso Michu», pero no me parece tan extraño a pesar de que sea, por lo visto, de una rareza casi extraterrestre. Tal como lo veo, la lógica de las cosas debería hacer que esos casos abundaran como setas; y la lógica de las cosas en el fútbol se limita demasiado a menudo a la veneración de la propia camiseta y el odio miserere hacia la de determinados rivales. Y no hay más que husmear en los foros de internet para comprobar que el problema no es sólo de ultras. Me quedo sin saber si Michu es nombre de samurái que no quiere mancillar el honor de su señor o de «ronin» que ya no lo tiene, pero al que no se le ha ofrecido lo bastante para soportar la inquina cierta de todos los bandos, sea por traidor o por antiguo servidor del enemigo. Sí sé que es el nombre de un chaval que acaba de perder una oportunidad de oro, tal vez por ser demasiado sensato en un planeta absurdo.