J. C. GEA
Para conceder carta de vecindad a un forastero no basta con un sello oficial. Cada lugar tiene sus ritos para ponerle a prueba antes de darle el plácet como paisano. Y hay algunas de esas iniciaciones que pueden hacerse duras para las almas aprensivas; en particular, las que tienen que ver con lo que se come y se bebe. Ahora que, por fin, las mareas del invierno nos devuelven el oricio, uno de los frutos más gloriosos del huerto de Neptuno, recuerdo mi primera vez. La expresión no es gratuita. La cosa recuerda bastante a una iniciación sexual: alguien te jura que aquello, tan secreto y turbio, tan anatómicamente confuso, tan ferozmente defendido, proporciona un placer incomparable. Así que no te queda más remedio que fiarte y hurgar en aquel presunto manjar que comparece hostil, erizado con todas sus artes disuasorias. Y en crudo. El momento en el que el caparazón fue torpemente vulnerado y reveló su tesoro húmedo, perfumado y carnoso, envuelto en su visceral brillo orgánico? permitan que me detenga aquí: puede haber niños leyendo. La cosa es que aprobé con nota.