JOSÉ LUIS MARTÍNEZ
Hoy leemos el único fragmento de los evangelios en el que un evangelista explica cómo ha realizado su redacción y porqué la ha llevado a cabo. Nos dice Lucas: «he partido de las tradiciones transmitidas por los que, primero, fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra». Explica que ha intentado informarse bien y ha resuelto escribirlos por orden para que «conozcáis la solidez de las enseñanzas que habéis recibido». El texto de Lucas fue un texto olvidado, como tantos otros que hoy nos parecen fundamentales. Fue la teología latino-americana la que colocó este texto como capital. El evangelista sitúa la escena en su evangelio como inicio que contiene, ya en gérmen, toda la misión de Jesús. Este vivió su vida como el cumplimiento del anuncio de la buena Noticia para los pobres.
Jesús está lejos de la beneficencia y anuncia la inauguración de un nuevo orden integral, en el que hay una opción preferencial por los pobres. Los cautivos, los ciegos, los marginados son considerados los predilectos de Dios, que no quiere su desgracia sino que busca, por la curación y la cercanía, devolverles su dignidad de personas.
La predicación de Jesús incluye el anuncio de la Buena Noticia y también la ayuda concreta a la gente necesitada: teoría y práctica, mensaje y acción. Para que la palabra sea creíble, debe ir acompañada de las obras. Desde hace muchos años, del día 18 al 23 de enero, en la Iglesia se convoca la Semana de oración por la unidad de los cristianos. «Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo», leemos en la segunda lectura.
El impulso ecuménico de Juan XXIII, los encuentros de Pablo VI con el patriarca Atenágoras, la oración conjunta de Juan Pablo II con el Primado de la Comunión Anglicana, el encuentro con el Patriarca Dimitros I durante su visita a Roma, los grandes diálogos teológicos promovidos por Benedicto XVI, y su visita reciente a la sinagoga de Roma, catorce años después de la visita de Juan Pablo II, son exponentes de la preocupación de la Iglesia Católica por llegar a la unidad de todas las Iglesias cristianas. Debemos eliminar en nosotros lo que impide y obstaculiza el encuentro sincero, cordial y respetuoso que favorezca la unidad.