CEFERINO MENÉNDEZ
Del mismo modo que el sultán de Marruecos instrumentaliza periódicamente la reivindicación de Ceuta y Melilla para desviar la atención de los problemas políticos internos de esa su satrapía seudoteocrática, ha venido a ser costumbre también en la «Muy Noble, Muy Leal, Benemérita, Invicta, Heroica y Buena» ciudad de Oviedo desviar la atención de sus muchas cuitas consistoriales, entre las que la poco menos que terminal situación de su hacienda municipal no es una de las menores, arrojando -en la acepción novena del DRAE- toda suerte de improperios sobre esta nuestra Villa de Jovellanos.
El responsable no ha sido esta vez su Alcalde, muy en su sitio, por cierto, en el papel de don Hilarión de astracanada, sino un tal concejal Mortera. Desconozco, y, por cierto, no tengo el más mínimo interés en conocer, la trayectoria personal y profesional del referido concejal, pero quiero creer que el indigno papelón de tránsfuga que en su día le dio notoriedad traiga causa de la necesidad, porque sabido es que la caridad invita a apiadarse de los desarreglos de la conducta cívica que tienen tal origen.
Pues bien, parece ser que este repúblico ovetense -compelido en su día por un irrefrenable impulso, a buen seguro ético, a la evolución ideológica hacia el sillón mejor retribuido- en ejercicio de lo que, con todo respeto para el gremio, bien podría denominarse dialéctica de salón de peluquería, se ha permitido el lujo de diagnosticar la necesidad de nuestra villa «de suprimir algo de caspa».
Ante tamaño derroche de talento político e intelectual, por no hablar de la refinada demostración de sensibilidad literaria, no queda sino constatar que en esa ciudad en ocasiones tan indigna del genio de Clarín como fiel al retrato que don Leopoldo nos dejó de ella, y en la que tampoco el mar se puede concebir, a diferencia de lo que ocurre en una de las célebres digresiones del Quijote, no necesitan de otro alcalde para no rebuznar en balde.