FRANCISCO GARCÍA
Del proceloso mar de las borrascas eternas regresará hoy Peltó al territorio de los vivos, a este pecio de náufragos a que asemeja hoy la embarcación maltrecha de su legión de amigos; a esta ciudad al pairo de los vaivenes de tirios y troyanos, de guelfos y gibelinos. Después de su combate matinal de lucha libre con el calamar enmascarado al que arrebata tinta para el último verso emergerá Peltó a la altura de la boya norte de Las Amosucas, con su gorra visera azul marino coronando la monda calavera, para escuchar qué dicen en su homenaje los que le cantan y le lloran. No lo veremos deambular por el Antiguo Instituto, pero allí estará. Dejen los próceres del Ateneo Republicano una silla dispuesta para el viejo marino cascarrabias y notarán cómo se balancea a la hora del vermú, con la cadencia nerviosa de las mareas, en interminable bamboleo. O volará por los aires, pobre silla, si alguien menta cuánto ha perdido arena la playa de San Lorenzo, que tal parece a horas un pedrero.