J. C. GEA
Aunque el imperialismo no goza de excesivo prestigio, no hay nada que se resista a un buen publicista a la hora de transfigurarlo en marca. Sobre todo si el imperio en cuestión lleva sepultado milenio y pico y da bien en pantalla. Con todo, me imagino que Augusto y sus legiones celebrarían, si pudieran, como una inesperada victoria «post-mortem» el hecho de que sus conquistados recurran precisamente a ellos para intentar que su industria turística arranque a algún incauto sobreexpuesto a los UVA de su parrillada colectiva en alguna playa mediterránea, a fin de traerlo a comprobar cómo nos lució el pelo cilúrnigo cuando llegó el latino (y no precisamente a levantarnos las novias, como aquellos italianos atildados que invadieron Benidorm tras el Mundial-82). Los colonizados, nada rencorosos, nos confabulamos ahora como «Red de Ciudades Romanas», a ver si la identidad imperial nos hace más atractivos que los que fueron antes o los que somos ahora. En fin: mientras Ovidio (Sánchez) canta en FITUR sus «Tristia» del AVE que no llega, podemos ir tirando del «Ave, César».