FRANCISCO GARCÍA
Grandes hombres y mujeres hacen grandes a las ciudades y a las regiones, a los territorios que quedan al amparo de su égida. Todo dirigente, todo aquel líder que comanda un grupo humano, requiere del empeño de una estrategia: decidir a dónde se pretende llegar y qué camino es preciso tomar para alcanzar ese destino. Asturias tuvo gobernantes diestros y también alguno de sombra siniestra; alguno que cinceló su acción de gobierno sobre un patrón de decisiones coherentes y otros que despuntaron, por contra, en la incoherencia de impulsos inmediatos. Tuvo esta región -y esta ciudad- gobernantes de pila alcalina, incansables en su esfuerzo pero también errados en la manera de afrontar las crisis. De todos ellos, me quedo con el estratega, que es creativo e intuitivo, un pensador flexible que sopesa costes y beneficios, que capea hábilmente las incertidumbres. Ocurre que como el estratega no maneja dogmas ni se encuentra cómodo en la ortodoxia, será tachado con frecuencia de visionario. Ocurre que a los que adivinaron el futuro, el tiempo les acaba dando la razón.