J. C. GEA
Cuando se produce una catástrofe de la escala de la que ha arrasado Haití, lo segundo que se desmorona después de la estructura material de la civilización es el frágil revestimiento que la civilización levanta en torno a cada uno de nosotros. Al venirse abajo esas endebles construcciones, una parte de los diezmados queda con su condición de víctima expuesta completamente a la intemperie y la otra revela su auténtica naturaleza de verdugo. Y, al igual que sucede con el terremoto real, las ondas sísmicas llegan lejos, aunque se debiliten con la distancia. Mientras unos, en el epicentro, aprovechan el apocalipsis para desposeer a los desposeídos, traficar con la débil carne de la orfandad, carroñear entre los auxilios internacionales que van llegando y especular con ellos o ajustar viejas cuentas, otros, lejos, aplican comisiones a las ayudas o se plantan en las casas de los inocentes para fingirse recaudadores de la solidaridad. El grado de depredación no es, evidentemente, el mismo en todos esos casos, pero sí hay un aire de familia en todo ese paisaje de ruina humana.