EDUARDO G. SALUEÑA
ZIG ZAG DANZA
«Bienvenidos al yacimiento arqueológico de las cámaras estancas del teatro Jovellanos». Con esta frase, una azafata con tintes futuristas daba la bienvenida al público de «Future archaeology», el nuevo espectáculo de la compañía de danza «Zig Zag», un colectivo que ya lleva diez años de actividad con varias obras y reconocimientos sobre sus espaldas, llegando incluso a participar en certámenes especializados de proyección internacional. Su directora y fundadora, Estrella García, es todo un referente dentro del panorama coreográfico asturiano, tanto en su faceta de dirección escénica como por su labor docente.
Las propuestas de la compañía «Zig Zag» presentan a menudo una hibridación muy natural entre el lenguaje de la danza y el del teatro, por lo que es muy común que los bailarines desarrollen, además, una importante vertiente dramática y que se cuiden todos los mecanismos que articulan la narración y el desarrollo temático. Lo que la obra nos propone es una crítica lectura del presente -interpretado aquí como pasado- realizada en un futuro frívolo y maquinista, planteando una perspectiva ajena a la de la civilización humana tal y como hoy la conocemos (a la manera del extraterrestre que busca a Gurb en la novela de Eduardo Mendoza). Con mucha sátira, a veces cruel, y rozando en ocasiones el surrealismo, la compañía «Zig Zag Danza» crea una obra inteligente y muy divertida, donde la vistosa puesta en escena (a modo de expositores en ruinas que son mostrados al público) resultó muy atractiva, remarcando esa distinción entre la civilización del presente/pasado (mugrienta y primitiva) y la del futuro (robótica e impoluta).
No resulta nada fácil plasmar en movimiento y sonido toda esta ambientación de gran componente metafísico. Sin embargo, «Future archaeology» no opta por utilizar un lenguaje difícil para el espectador, más bien al contrario. Ese contraste entre lo primitivo y lo sofisticado se vio muy bien reflejado a partir de números que partían de conceptos instintivos y viscerales, como el deseo sexual, la comida y la lucha por la supervivencia (remarcada esta última idea con la simulación del proceso de caza del animal salvaje, adaptada con gran maestría al lenguaje coreográfico). La recreación del espacio sonoro fue otro de los puntos fuertes del espectáculo, con un versátil y ecléctico José Ramón Feito, que tan pronto iba conduciendo los clímax de las danzas más tribales mediante instrumentos de percusión como soleaba con acento jazzístico (en una línea similar a Lyle Mays) sobre secuencias pregrabadas, todo ello con una gran soltura y adaptándose perfectamente a las necesidades del conjunto de la obra. Teatro, danza y música unidos en perfecta comunión para un mismo espectáculo que incide en la innovación, en la creatividad y en la interdisciplinariedad sin renunciar a la complicidad con el espectador.