FRANCISCO GARCÍA
Gijón es, hoy, lo que pretendieron Jovellanos y el mar. Cualquiera suscribiría la cita que se atribuye a Justiniano García Prado, quien hace más de medio siglo, en 1954, convocó a los hados y lares que gobiernan el paso de los días y las vicisitudes de esta ciudad para sintetizar en apenas veinte palabras las claves esenciales del pasado de este territorio en ocasiones acantilado, ya sea a causa del efecto cincelador del embate oceánico, ya por las tajaduras que han inundado durante siglos el municipio de mutilaciones y cicatrices. «La villa de Gijón debe el mar a Dios; y cuanto es, al mar y a Jovellanos», escribió García Prado. Y acertó. Todo lo que de interés histórico ha acontecido en esta urbe de puertas abiertas y hospitalidades conduce a la rasa costera y al prócer ilustrado. La historia no es una sucesión de acontecimientos sino un relato. No hay que conocerla para no caer en el error de repetirla: hay que sabérsela de memoria para poder contarla. El afán de saber conduce al ejercicio de contar. Para los ignorantes, la tierra sólo produce malezas y abrojos.